Tipos duros
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Martes, 11 de Febrero de 2020 06:59

altMi amigo Roger Vilain es un tipo duro. Él y yo hemos vivido cosas memorables como la pesca en alta mar, peleas callejeras e intoxicaciones alimentarias.

También hemos compartido el amor por la literatura, la debilidad por las mujeres hermosas y los viajes. Hoy somos parte de la diáspora venezolana, lo cual nos ha hecho más que célebres entre algunos allegados porque conocen las vicisitudes que hemos tenido que lidiar juntos. Seguimos escribiendo y compartiendo nuestros trabajos con quienes deseen leerlos. Roger escribe muy bien y disfruto cada uno de sus impecables textos de principio a fin.

Hubo un tiempo en que mis mejores amigos eran tan regios que estábamos vigilados por ciertos cuerpos de seguridad. En realidad la cosa se debió a una confusión, pero bueno, las cosas son como son. Roger asistía a un taller literario en la época en la cual íbamos a la universidad y me invitó para que lo acompañara. La cosa es que cada uno de los asistentes mostraba alguno de sus escritos y las personas emitían su opinión o percepción sobre la calidad de los mismos. 

Un joven contemporáneo, de anchas manos y rostro lleno de cicatrices contó una historia en la cual explicaba cómo había asesinado a su padrastro y sobre el tiempo y su vivencia en la cárcel. A los asistentes les pareció que era muy explícita la manera como describía el asesinato y el joven, inmutable, dijo de manera severa y grave que la historia era real, que ciertamente era un asesino y los cinco años de cárcel le habían moldeado el carácter. 

Como los asistentes eran muy jóvenes y habían varias damas delicadas presentes, se corrió el rumor en nuestra pequeña ciudad de que quienes asistían regularmente al taller de lectura era un montón de matones. Una cosa llevó a la otra y la semana siguiente aparecieron sorprendentemente rostros nuevos, de aspecto sombrío, que leían trabajos que iban desde textos de horror hasta historias policiales. La gente que asistía a ese espacio ya no era la misma, sin embargo todos compartíamos en común el hecho de que escribíamos. 

Buenos y malos

En esa época yo había escrito un cuento sobre un joven estudiante de medicina que usaba un revólver calibre 38 porque tenía que concurrir a sitios muy remotos y peligrosos para atender a sus pacientes y lo leí a viva voz, ganándome el aplauso cerrado de quienes acudían al grupo de literatos de aspecto hosco. A su vez Roger Vilain presentó un cuento sobre una secta de jóvenes que era manipulada por un filósofo, se vestían de negro y comían gatos. Pasamos de ser dos buenos muchachos a los falsos rebeldes con causa. En eso nos convertimos. Ya al taller no asistían damitas ni académicos de zapatos lustrosos, sino que empezaron a acudir mujeres pintarrajeadas de faldas muy cortas y perfumes capaces de dejar sin sentido al más plantado por la intensidad de los aromas. Decían ser actrices, pero por sentido común nunca les pregunté en qué actuaban.

El ambiente se volvió lúgubre y los tés de menta fueron sustituidos por cigarrillos y ron. El 04 de febrero de 1992 la policía política allanó la sede en donde nos reuníamos, pero ni Roger ni yo vivíamos ya en Mérida y por mucho tiempo le perdí la pista a ese montón de muchachos bravucones y desenfadados, que seguramente andaban en malos pasos, pero nuestra mocedad lo veía sin susto y hasta compasión. 

Cuando las mentiras son verdades

Tiempo después, cuando regresé a Mérida en 1997, corrían rumores de que la historia inventada por Roger sobre los come gatos había inspirado a un montón de trastornados que acudían a un taller de literatura en un tiempo que ya lucía lejano y hacían ritos satánicos en la principal iglesia de la ciudad. Por cuestiones laborales necesitaba corroborar la información y solicité una entrevista con un prestigioso sacerdote, hoy en día Cardenal y le pregunté sobre la veracidad de tales rumores. No puedo extenderme en el relato de horror en este espacio, pero la cosa no solamente era fundada, sino que era exponencialmente más grave, todo lo cual me llevó a investigar en qué andaba cada uno de aquellos crueles literatos con los cuales compartí espacios y tiempos siendo un muchacho.

La sorpresa no pudo ser más impactante. Cada uno de aquellos jóvenes había creado su propio núcleo familiar, estaban casados, tenían hijos, eran buenos ciudadanos, cumplían sus responsabilidades de buenos vecinos, pagaban al día los impuestos y ocupaban lugares relevantes en la sociedad en la cual me crié. Pude llevar la investigación más allá y hacerme de un recetario de cocina en la cual además de recetas para comer gatos, había otras carnes absolutamente innombrables. 

No creo que sea el texto de mi gran amigo Roger el que los haya inspirado porque a fin de cuentas, para lo que en realidad ocurrió, comer gatos es cosa menor. ¿Quién no ha ido a una feria en la cual el hambre lo ha empujado a comerse un buen pincho con cerveza, con la extraña sensación de que ese saborcito de la carne para nada nos es familiar?

 


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