De toros y terroristas
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Martes, 28 de Enero de 2020 00:00

altEl verano madrileño alcanzaba los 42 grados a la sombra y el pequeño piso, ubicado en una zona residencial de la capital de España, lo ocupábamos mi esposa y mi hija de 2 años.

Trataba de mantener mis hábitos de levantarme temprano, tomar buen café y desayunar bien antes de partir al instituto. Como el trabajo lo podía desarrollar de lunes a jueves, los viernes, sábados y domingos eran para caminar por la hermosa Madrid y sus muchos recovecos, así como conocer los pueblos cercanos. 

La cartelera musical era buena, los conciertos al aire libre eran un deleite, la ópera deslumbrante y la gastronomía, especialmente las tapas, eran el complemento para ser devoto de una ciudad tan bella que tiene tanto por conocer, visitar y volver a ir. Lo que era flojo para el verano era la cartelera taurina. La plaza de toros Las Ventas no ofrecía buenas opciones. Valía la pena ir a tomarse un café o unas cervezas en sus alrededores, para escuchar alguna que otra historia de tantos toreros que se habían entregado al punto de salir en hombros, así como toreros estrellas de la farándula española que a pesar de intentarlo varias veces, no lograban triunfar en Las Ventas

Toros y fútbol

Como en el Real Madrid jugaban los galácticos, nos acercamos al Santiago Bernabéu. Eran los tiempos de Luis Figo, Zinedine Zidane, Ronaldo, David Beckham, Roberto Carlos, Michael Owen, Robinho, Iker Casillas y Raúl. Al fútbol íbamos mi mujer, mi hija y yo y a los toros solía ir sin compañía. Recuerdo que estaba leyendo un libro acerca de cómo la tauromaquia fue un apaciguador de miserias después de la Guerra Civil Española y de cómo la época de oro del arte del toreo, fue mutando al mundo futbolístico como espectáculo de masas, por lo que entendía que el arte de los toros, acorde a su tiempo, iba paralelo al deporte del fútbol, más tendiente a aumentar su afición.

De mi parte puedo decir que jugué futbol en mi país natal y toree en Bogotá, por lo que ambas aficiones me son cercanas. Del Madrid deslumbrante, si bien no me gustaron los carteles en Las Ventas para la fecha, quedé fascinado con los encierros, las espectaculares ganaderías y el pequeño museo de la Plaza que tiene en el centro de los grandes toreros de la historia, el busto de César Girón, el legendario matador de toros venezolano. 

Terrorismo de la mano

El 11 de marzo de 2004 (11M) ocurrió una serie de ataques terroristas en cuatro trenes de la red de Cercanías de Madrid. Murieron 192 personas y alrededor de 2000 resultaron heridas. La estación de Atocha tenía muestras de condolencias y se podía ver en ella algunos vagones destruidos. Las heridas todavía estaban abiertas, por lo que en el instituto tratábamos de identificar y ayudar a las víctimas de los sucesos, e intentar de aliviar su estrés postraumático. Corría 2005 y los madrileños estaban especialmente conmocionados y dolidos por el horror que habían experimentado. En ese ambiente tan extraño, en el que el dolor de las cosas extremas de la vida se conjuga con la cotidianidad, pasé un tiempo que recuerdo con nostalgia y circunspección. La vida de las personas puede seguir felizmente mientras el mundo que los circunda se hace pedazos. 

Como quería seguir apreciando de buenas tardes de toros y Madrid no ofrecía lo que buscaba, me iba a los pueblos cercanos que ofrecían mejores carteleras. En una ocasión, por lluvia, tuvieron que suspender una corrida y perdí el viaje, por lo que ese día en el que viajaba de Madrid a El Escorial era importante para mí porque un banderillero de estilo inmaculado se iba a presentar con el primero de la tarde. 

Tomé el tren a El Escorial y mientras viajaba, disfrutaba de la espléndida vista. Absorto en mis ideas y recuerdos, apenas me di cuenta de que a medio camino se activó una amenaza de ataque terrorista en el tren donde viajaba, específicamente en el vagón donde estaba sentado, por lo que el tren se detuvo a medio camino, se abrieron las puertas y al menos media docena de hombres con pasamontañas y armas largas inundaron el vagón con luces rojas, apuntándonos. Eran las Fuerzas Especiales antiterroristas. 

No hubiese pasado de ser una curiosidad si no sueltan cuatro perros rottweiler, uno de los cuales corrió directamente hacia mí y con la fuerza de su impulso, clavó su hocico justo en mi entrepierna. Creo haber perdido el conocimiento por el impacto, sin embargo, ante la inminente posibilidad de que cualquier movimiento de mi parte hubiese terminado en un disparo justiciero en mala lid o en un furioso ataque canino, me mantuve estoicamente inmutable y sentado, con el aliento perdido y dolido a rabiar en mi centro de gravedad. Luego de olfatearme un rato en mis intimidades, el perro se alejó, se fueron los soldados y el tren avanzó hacia nuestro destino. 

De lo bien que estuvo el banderillero me acuerdo perfectamente, a la par de que esa noche mi esposa me preparaba una bolsa de hielo para mitigar la hinchazón de las zonas propias de mi hombría. 

  


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