Apología al viento
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Martes, 30 de Julio de 2019 07:16

altEn la vitrina de un centro comercial deslumbra un par de zapatos para caminar en las montañas, unos guantes impermeables para la nieve

y un sombrero de marca famosa, legendariamente indestructible. Hago lo posible para comprarlo sin endeudarme y una sensación de frescura me invade. A otros les da por coleccionar aparatos propios del auge de las ya no tan nuevas tecnologías o en darle de comer a las mascotas que van reuniendo, comprándole la carísima y elaborada comida que nutre a los animales en el siglo XXI, que suele ser más costosa que lo que tiendo a comprar para alimentarme. 

En no tener respeto por lo que a cada quien le plazca comprar, se basa tradicionalmentela crítica a la “sociedad de consumo” y al derecho de la clase media a adquirir lo que le venga en gana. En la efímera existencia de lo humano (a fin de cuentas podemos estirar la pata el día menos pensado), la frivolidad se ha vuelto una especie de bastión que debemos defender quienes todavía queremos aspirar a tener un poco de libertad.Preservar esa premisa es apostar a que respeten nuestros más extravagantes o cotidianos deseos.  

La industria de la publicidad sabe remover el complejo de inferioridad y la búsqueda de placer, induciendo que la gente adquiera cosas que a algunos nos parezcan inútiles. Precisamente esa posibilidad de que las masas adquieran lo que se les ofrece, no parte de una casualidad sino del centro íntimo de cada cual, que va convirtiendo en valorativo sus gustos. Sin la expansión de la chusma, lo excelso y valioso para algunos dejaría de serlo. La presencia de lo vulgar es la base de la existencia del buen gusto. En definitiva, el buen gusto es por excepción, pero va de la mano con lo vulgar.

¿Es posible otra manera de hacer sociedades?

Cada grupo humano que hace esfuerzos por generar equilibrios es la prueba tangible de lo que se merece. Sociedades que saben agruparse de manera civilizada, con liderazgos claros en sus propósitos y gente que aprende a valorar lo que cuestan las cosas, suelen ser las que finalmente destacan y hacen de sus pobladores personas con aspiraciones en función de futuro.

Sociedades en donde se cultiva el parasitismo y la mendicidad como manera de conducirse, inequívocamente van directo al barranco de la autodestrucción, la pobreza y la incapacidad de ser mejores. Sobran los ejemplos de aquellos pueblos que prefirieron el camino corto y se lanzaron por el tobogán del facilismo. 

Las clases medias

Si no fuese por las clases medias y su coqueteo o real cultivo por el buen gusto, lo humano estaría definitivamente podrido en cada una de sus representaciones. El poder adquirir los bienes de consumo, que por su exquisitez o su finura, son capaces de mitigar la miseria humana y dar al menos un viento de alegría a las personas, no es de ninguna manera un lujo, sino un derecho humano. La posibilidad de adquirir con el esfuerzo aquellas cosas que nos gustan, nos parecen sabrosas o que podemos llegar a disfrutar, es la esencia de lo mejor de la vida. Lo demás es apostar al martirio.

Si para mí, una biblioteca es una prioridad, lo es precisamente porque para otros no tiene ningún sentido acumular libros. Gracias a la frivolidad de las mayorías, existe la élite cultural capaz de mantener vivo lo mejor de nuestra especie. ¿Puede ser el buen gusto una apuesta a la frivolidad? Si así fuese, me declaro profundamente frívolo y defensor de las libertades, por más superficiales que parezcan. Ese equilibrio entre lo bueno y lo feo, que conduce a una estética tanto de lo bueno como de lo feo, es fuente permanente de conflictividad intelectual entre quienes aspiran a una sociedad perfecta

La idea suicida de sociedad perfecta

Las sociedades son perfectibles, pueden potencialmente mejorar. Lo que no existe es una sociedad perfecta. De hecho, soy de los que cree que una sociedad, como cualquier ente que puede mejorar, tiene un techo a partir del cual el nivel de aspiración ya no es ascendente. El equilibrio de ciertos grupos humanos y la intolerancia al mismo, bajo la premisa de que puede alcanzar niveles de vida mejores, puede generar situaciones autodestructivas y caóticas. De eso la historia de la civilización está repleta. 

Es frecuente que al máximo desarrollo de una cultura se la tienda a calificar como decadente y precisamente el cuestionamiento de sus logros es lo que conduce a las singulares debacles de lo cual el devenir de la humanidad está lleno. Hacer apología a lo aparentemente banal es saber disfrutar la existencia y es una manera de fomentar el arte de vivir. Las miserias de lo humano van de la mano con las expresiones grandilocuentes y lapidarias. Lo sencillo, que a la vez puede ir junto con lo que ofrecen los mercaderes, no necesariamente es malo. Incluso puede llegar a ser lo mejor de la vida y es asumir que lo masivo es como el viento: Tiende a soplar a quien se le pare enfrente. Saber sacar provecho y deleitarnos con ello puede ser el fin último de la vida. 

 


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