Ciudadanía cibernética
Escrito por Juan Guerrero | @camilodeasis   
Viernes, 26 de Julio de 2019 06:26

altPor estos años se han estado publicando remitidos, manifiestos, declaraciones y cartas, tanto de apoyo a la llamada revolución chavizta-socialista,

como de quienes la adversan y ahora defienden al denominado presidente (E) Juan Guaidó.

Desde aquel memorable y lejano Manifiesto de bienvenida a Fidel Castro, en 1989 (ver aquí ) firmado por 911 personas, y donde lo iniciaban con una rotunda certeza: “Nosotros, intelectuales y artistas venezolanos…” hasta este último –por ahora- documento (ver aquí ) firmado por 32 ciudadanos, el venezolano anónimo y sin rostro permanecía al margen de los vericuetos de eso llamado, el poder de las élites.

Hace 30 años no existían las Redes Sociales (RRSS) y el Internet apenas era una débil tela de araña que tejía su red muy tímidamente.

No analizo los contenidos de quienes han firmado, estos u otros documentos. Me importa, sí, un hecho que está comenzando a tomar forma en esta tormentosa vida comunicativa, de implicaciones tan devastadoras para quienes nos importa el devenir de la república.

Muy pocos se han percatado del avance del llamado control ciudadano, materializado en la participación activa, de quienes salen a la calle a protestar, o en reuniones de trabajo, foros, asambleas de ciudadanos, cabildos abiertos, o en los grupos de opinión en las RRSS.

Porque las transformaciones sociopolíticas que se han logrado en países, como Ucrania y su revolución naranja, o la primavera árabe, en países del medioriente y norte de África, ocurrieron merced a la participación activa de los ciudadanos a través de Internet. O la encrucijada de Puerto Rico, con la presión ciudadana al gobernador.

La democratización profunda de la sociedad se está llevando a cabo con la participación, ya no de manera exclusiva de las élites que privaban y delimitaban el avance social, caso de los académicos, políticos, intelectuales, artistas. Ahora el protagonismo viene asumido por la propia sociedad, con la participación de quienes tienen mucho que aportar, independientemente de su formación académica, profesional o socioeconómica.

Este ciudadano asume su protagonismo y se involucra cada día más, desde su propia cotidianidad. Su experiencia de vida es su carta de presentación. Eso es válido, toda vez que en la medida que la dinámica de réplicas, argumentaciones y contraréplicas delimitan y aclaran conceptos y dudas, el ciudadano forma su criterio.

No estamos necesariamente alabando, apoyando a este tipo de ciudadano, ni tampoco execrando al tradicional tótem de las diversas especialidades en esta nueva conformación de una opinión ciudadana en la era de las RRSS. Intentamos dar luz para indagaciones posteriores, de un tipo de ciudadano venezolano que en la desesperación por encontrarle sentido al pavoroso entorno donde se encuentra, está construyendo un discurso político que, desde nuestra óptica, debe ser tomado en cuenta, más allá de las sesgadas interpretaciones de uno y otro bando, sea político, religioso, social o económico.

En lo personal creo oportuno indicar, que la década de los ’90 en Venezuela generó parte de la tragedia en la que estamos inmersos. Nos referimos al fin del bipartidismo en Venezuela y la bestial arremetida contra todo aquello que implicó la pertenencia a algún partido político y de la misma acción política.

Esa aberración nunca fue abiertamente aclarada al ciudadano común ni mucho menos a las nuevas generaciones de venezolanos que se formaban. Así las cosas, pasaron poco más de 25 años con una interpretación de los hechos sociales y políticos, como parte de análisis brindados por grupos, como periodistas, artistas y políticos improvisados, que a la final, terminaron banalizando el discurso sociopolítico, convirtiendo todo ello en mero acto de cursilería y farándula.

Estos años presentan a un ciudadano que busca de manera casi autodidacta, interpretar este descalabro político y social donde nos han sepultado, y para ello encuentra en las RRSS una herramienta que cree válida, para ejercer ciudadanía. Sea como denuncia, reclamo, advertencia o propuesta, a quien o quienes considera son los responsables de lograr cambios reales en esta debacle donde nos encontramos.

No creo que imponiendo autoridad de manera casi coactiva, por poseer títulos académicos o cantidad de seguidores o porque sea una figura pública -líder político, académico, artista o comediante- se le deba aceptar como “santa palabra” sus argumentos.

Ciertamente que por las RRSS impera todo un mundo de ciudadanos, entre los cuales están los tristemente famosos odiadores o haters, los trolles, entre minorías que forman parte de este universo cibernético. Apartando estos personajes por ser tóxicos e intrascendentes, está un significativo y cada vez más influyente número de ciudadanos –no les agrupo ni califico- que se manifiesta construyendo un discurso crítico, de argumentos y con estilos propios que tienen y deben ser respetados.

Estas refriegas de argumentaciones, en pro o en contra, ocurrieron en años recientes en la España postfranquista y de ello derivaron muchos de los actuales partidos y grupos políticos que hacen vida en el actual Estado español.

Las Santas Inquisiciones hace tiempo perdieron poder e influencia con el Edictum que debía ser aceptado por todos. El libre pensamiento y la democratización del discurso político de estos años, no permite esos totalitarismos de vitrina, como “Aquí no se habla mal de…” o las solidaridades automáticas al líder, sea presidente de la república, de la Asamblea Nacional o concejal de provincia.

La democratización de la comunicación, hoy, pasa por entender que los tradicionales grupos de opinión, como periodistas, historiadores, intelectuales, académicos, artistas deben ampliarse, donde los ciudadanos comunes participen y aporten sus experiencias, asumiendo su protagonismo responsable y ético, desde su propia cotidianidad.

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