La vida de las ciudades
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Miércoles, 03 de Julio de 2019 01:27

altLas ciudades no sólo tienen una manera singular de expresar sus particularidades, sino que inexorablemente se distinguen por las cosas más inimaginables,

como por ejemplo los atardeceres, la llovizna, la bruma, la intensidad del calor en los días soleados, los aromas que cautivan, los vahos repulsivos, los colores o el color que las definen, el tránsito, la manera como están distribuidas,los perros y demás fauna de la calle, las viviendas, el smog, la basura y la contaminación en todas sus variables.

Las ciudades, cada una sin excepción, tiene su propia personalidad, la cual a su vez está representada por parcelas que crean los matices que generan una sumatoria que hace de la ciudad un gigantesco conjunto de impresiones que termina por generar un clima, una suerte de melodía o partitura citadina con sus altos y sus bajos. La ciudad tiene el potencial de tener un alma o dimensión que la ha de caracterizar y la va a hacer incomparable. 

Cada ciudad es una encarnación de lo que significa aglomerar gran cantidad de personas en torno a la idea del orden, pero por encima de eso, está la potencial posibilidad de que cada ciudad sea una manera de representarse la idiosincrasia o la identidad de un grupo humano. Las ciudades son la manera como se muestra el espíritu de los individuos que la habitan, con sus luminosidades y sus sombras. 

La ciudad es irrepetible

Cada ciudad es única como lo es cada uno de los habitantes que la conforma y esa extraña y maravillosa dupla individuo-ciudad representa la manera como las tipologías humanas se configuran de manera milagrosa en ocasiones o francamente detestable en otras. Hay una ciudad en particular, que por respeto a sus habitantes no mencionaré y la primera vez que la visité juré nunca más volver. Pues resulta que después del juramento he caído en ella cinco veces, lo que suma media docena de ocasiones, atrapado en el mismo esperpéntico lugar sin posibilidades de escapar. Cuando los habitantes que la adoran me hablan de ella, entiendo que lo simbólico es capaz de pasarle por encima a toda capacidad de razonar en términos medianamente atinentes a la justicia. 

Los recuerdos infantiles y las nostalgias familiares hacen que una pocilga sea idolatrada por quien vivió sus mejores años en lo que para nosotros es un lugar cualquiera, que por mucho que nos parezca impensable, resulta que para otros es casi la representación del paraíso en la tierra. He escuchado las más hermosas loas  relacionadas con centros urbanos que a mi juicio no deberían ni existir, pero para quienes hacen de esos sitios sus centros de adoración, nada los saca de ese apasionado amor por el terruño, que no da risa por la pasión tan intensa con la cual se encuentra envuelto quien se maravilla por ese lugar. 

Tener ciudad

De las cosas que podemos ufanarnos sin necesidad de ser convincentes, es tener una ciudad a la cual adoramos, idealizamos o nos gusta por encima de cualquier otra. Tiene que ver con aquellas cosas que nos une con esa ciudad, sea la experiencia de vida, alguna aventura que nos empujó a los confines de la urbe o la llana capacidad de contemplación. Hay ciudades que enamoran por su apacibilidad, como también están las que nos maravillan por su furia, su desenfreno o por su eterna posibilidad de generar caos, entre tantas posibilidades maravillosas y antagónicas. 

Incluso hay ciudades que generan grata impresión por su decadencia, por su ausencia de alma en movimiento, como esas que se han transformado en un centro de ventas o en un museo estático, en las que pareciera que la esencia se perdió en los caminos de su propia historia. Aun así, llegan a generar sus admiraciones y movilizaciones sentimentales. 

Ciudades violentas en las que corre la sangre y las historias desgraciadas son el nicho de grandes victorias humanas y triunfo de eternas causas perdidas. Ciudades románticas, con faroles en las esquinas, que invitan al beso y la intimidad, forman parte de nuestro infinito laberinto de posibilidades.

Las hay grandes, medianas y pequeñas e incluso diminutas, pero tienen tanta personalidad de caracteres confluyentes que a casi nadie se le ocurriría pensar que no son ciudades. Algunas son diurnas, otras tienden a vitalizarse conforme oscurece y en otras da lo mismo que sea de noche o sea de día. 

Hermosas ciudades fallidas

Así como hay una estética de lo hermoso, también existe una estética de lo feo. De ahí que hay espantosas ciudades maravillosas en donde la experiencia con lo retorcido termina por generarnos una especie de sensación de ordenamiento donde otros solo ven lo enrevesado. También están esas extrañas ciudades que aparentemente pocos conocen, que no han sido invadidas por turistas ni cazadores de fortunas, que siguen existiendo y desafiando el tiempo, alejadas del resto como si fueran secretos o reductos de salubridad en medio de tanto aire enrarecido. Lugares maravillosos que el tiempo detuvo, para nuestra más íntima satisfacción. 

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