El mobiliario de la casa
Escrito por Siul Nagarrab   
Domingo, 09 de Junio de 2019 08:23

altPuede decirse que la urbe petrolera del XX, expone dos modelos extremos de distribución de los espacios interiores del hogar doméstico.

El del rancho, con un referente único para el hacinamiento de sus ocupantes que, a lo sumo, logró una separación por cortinas de tela para hablar de una mínima privacidad, y el de las grandes mansiones con sus habitaciones separadas, quizá hoy incomprensibles, respecto al recibo, cocina, comedor y hasta áreas para la biblioteca, despacho y las también cerradas de recreación que garantizaron una vida independiente de ocupantes despreocupados.

El apartamento promedio para las clases medias, con las bonanzas que constituyen un remoto recuerdo, desde mediados de los setenta en adelante, definitivamente cambió el hábitat. Masificada la construcción de grandes edificios que igualmente ofrecieron a los residentes una voluminosa antena parabólica que los encopetara y una piscina que los prestigiara, ahora de imposible mantenimiento,  integró las salas de recibo y comedor, importándole poco que la campana de la cocina fuese tan estelar en el reñido espacio, más los reducidos dormitorios y baños, ganándole pocos metros cuadrados al balcón o terraza cerrada para la sobrevenida habitación del infante.

Por supuesto, reducida la inversión en el mobiliario, los escasos metros cuadrados parecían un poco conjugar – salvo las puertas – aquellas vivencias del rancho de hacinamiento con las aspiraciones a un mínimo confort que lo aseguraba el crédito. No se tendrían las amplitudes de ostentación que alguna vez aprendimos de los reportajes sobre ricos y famosos, recordada la filmografía mexicana de los cincuenta con sus caserones, pero la sola y real posibilidad de reponer comedores,  sofás (o sofaes), minibares, como cocinas y neveras, reemplazando la pesada estantería por el “multi-mueble”, gracias al fiado, nos reconciliaba con un nivel de vida aceptable.

Las cosas han cambiado dramáticamente y, en el presente siglo, la clase media de estilos marcadores de vida, ya no tiene para pintar el apartamento, ni reparar siquiera los electrodomésticos, quebrada toda mueblería que facilitó e hizo más que cualquier banco para facilitar el crédito para una nevera o cocina, un juego de comedor o dormitorio, condenados ahora a pernoctar en colchones de imposible reparación. Tratándose de una casa, peor posibilidad será la de acceder al electricista, plomero, albañil o impermeabilizador que diga de su necesario y eficaz mantenimiento.

Quien tenga la suerte de un inmueble rural o urbano para sobrevivir,  ya no cuenta con las facilidades de equiparlo y, faltando divisas, cancelado como un modelo de negocios para el poder establecido, luego de conquistar las grandes ganancias que significó el petróleo a $ 100 con el reparto entre propios y extraños de peroles, sólo queda una ruindad insólita, parecida o anunciada con anticipación en cualesquiera fotografías de la cotidianidad cubana.  Locales como “La Liberal” o “Imgeve” en Caracas, así como aquella extraordinaria red llamada “Pepeganga” que fue avasallada en su postrer momento por rivales que la derrotaron – ante todo – en el terreno de la publicidad, quedan como un lejanísimo recuerdo.

Ilustración: Rosa Maria Unda Souki.


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