Las generaciones perdidas
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Miércoles, 15 de Mayo de 2019 07:02

altSiempre en torno de la mesa, crecí escuchando historias familiares insólitamente cotidianas en donde se le atribuía una especie de exacerbado heroísmo

a parientes que habían atravesado por vicisitudes propias de la vida. En esa mesa en la cual rivalizaban buenos hacedores de historias, comer no era un acto para reponer energía, sino el momento más importante del día, en donde se nos develaban misterios y nos exponían las aventuras de nuestros seres queridos. Las leyendas familiares se forjaban en la calle y se inmortalizaban a la hora de comer.

Sobrevivientes del Titanic

De esas cosas que para quienes éramos niños causaron gran impresión, fue cuando la abuela nos explicó cómo era que descendíamos de un sobreviviente de un barco gigante que se había hundido con muchos pasajeros y los que se salvaron, incluyendo nuestra bisabuela, mientras viajaba de Southampton a Nueva York, lo habían logrado gracias a un italiano llamado Guillermo Marconi, nacido en Boloña, (y buen amigo del tío Aurelio), quien había creado la telegrafía sin hilos en esos tiempos, pudiéndose para la fecha, a través de este invento, avisar que el barco se estaba hundiendo. 

Esa espiral de historias infinitas, que se iba tejiendo una en torno a la otra, era el legado que se nos estaba sembrando a los más jóvenes, cuyo unívoco mensaje era que se venía al mundo para sobrevivir a la adversidad para que la familia pudiese estar bien. Esa la gran misión vital.

Comprando kerosene

A mi mamá no le gustaba que yo pasase tanto tiempo en la cocina de mi abuela, porque decía que como era de kerosene, podía explotar en cualquier momento. Lo que no sabía era que entre los negocios de mi abuela, estaba la venta de kerosene y personalmente, de niño, yo era quien atendía a los clientes. De ahí que el olor a ese combustible me es tan cercano y la manipulación del mismo data de hace casi cuatro décadas.  

Sobreviviendo al invierno que se avecina, viviendo al sur del sur del continente, en donde la brisa polar se siente en los tuétanos, mi esposa me pidió hace un par de noches que trajese kerosene para la estufa. La tercera estación de combustible era la que tenía los mejores precios y un joven venezolano, de no más de 18 años, que en Venezuela era estudiante de física, me vendió un bidón con 10 litros de kerosene, mientras una lluvia fina y helada se encargaba de hacer más áspero el camino. 

Tratando de seguir escribiendo

Empeñado en volver a tener una vida medianamente normal, me encuentro con un colega de la facultad, de la Universidad donde una vez fui profesor en Venezuela. Doctor en historia, se dedica a dar clases privadas de inglés porque se le ha hecho difícil conseguir otro trabajo más cercano a su talento y me pregunta por la escritura. Estando en Venezuela llegué a publicar una docena de libros y un par quedó en la editorial. Al haber migrado, el tiempo para escribir se ha vuelto limitado y ha ganado prioridad el hecho de sobrevivir. Mi esposa dice que por más que trate ser quien fui, no podré recuperar todos los espacios perdidos. Este era el año de mi jubilación y me pensaba dedicar solo a escribir. Vidas inconclusas, sueños perdidos, planes truncados, puertas que se cerraron. Estoy en una de esas en las cuales como no se puede entrar por la puerta, necesariamente hay que hacerlo por la ventana. El juego sigue, por lo que hay que tratar de mantener la suela de los zapatos varias palmas por encima del asfalto para no desfallecer. 

Cambio de planes

La vida como extraordinario laberinto, en el cual solo somos parte de una infinita comunidad de personas que por circunstancias insólitas terminamos dispersados por el mundo. -¿De dónde viene?, profesor- Me pregunta una compatriota de dientes de perlas mientras me tomo una Lager helada y espumosa en la barra de un bar mexicano. –De la guerra- Le respondo, sin que la respuesta le parezca sorprendente a la chica, quien tiene una sonrisa tan perfecta que es una invitación a seguir viviendo solo para verla sonreír. 

Tal vez esa tendencia a pensar que la adversidad forma parte de la vida cotidiana es similar a estar consciente que el sol aparece por las mañanas y se oculta por las tardes, haciendo que algunos terminemos asumiendo los cambios aparentemente forzosos como parte de la más banal cotidianidad, en donde a fin de cuentas no podemos cambiar las cosas, pero al menos hacemos el intento de tratar de comprenderlas. Es difícil que no tomemos posición ante los cambios y hagamos afirmaciones categóricas sin ambages. Tal vez el compromiso con la vida sea jugársela cuando haya que hacerlo sin detenerse a pensarlo. 

Tal vez las cosas sí son como las grandes historias que escuché cada noche en la mesa, en donde cada uno era protagonista de sorprendentes hechos, que en realidad era lo propio de la vida y que al final cada uno de los que compartimos ese tiempo termine por crear su infinito anecdotario en cada una de las mesas de quienes comparto la misma sangre. 

  

 


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