De Bernstein a Montiel (o los hábitos del tímpano)
Escrito por Siul Nagarrab   
Domingo, 12 de Mayo de 2019 07:29

altTraspapelado el viejo artículo, Mario Vargas Llosa contó una vez su aproximación y, luego, devoción por Gustav Mahler.

De no recordarlo mal, un amigo cercano le recomendó una mayor atención a las piezas del gran compositor y, así, descubrió el inmenso continente que todavía recorre.

Más que un aprendizaje, lo suponemos un rompimiento con ciertas condiciones del ambiente inmediato en el que no se acostumbraba a escucharlo, pues,  suele ocurrir, el consumo cultural ha de depender también de los hábitos del tímpano que provienen de la infancia a la que los adultos por siempre tributaremos, según Freud. Hoy, en nuestro país, por ejemplo, predominando el gusto por el vallenato y la cumbia, escasa la audición del género académico, quedando el rock y el jazz para los nostálgicos, asaltados a mano desarmada por cualquier batiburrillo digital, además de quebrada la industria cultural, cada día cuesta más descubrir nuevas melodías, letras y arreglos que inexplicablemente nos atraigan, por ajenas que sean a nuestro entorno doméstico.

De las viejas lecciones del gran pedagogo que fue Leonard Bernstein,  tenemos que lo importante es que guste o no, una determinada pieza.  Asociamos con facilidad algunas interpretaciones a la sonoridad publicitaria, ya demasiado escasa en Venezuela, o a la presentación de una determinada serie televisiva, siendo éste el caso de la obertura a Guillermo Tell de Gioachino Rossini con El llanero solitario, por entonces de una inmensa popularidad, pero son pocas las oportunidades que nos damos para identificar la novedad y el detalle que produce placer.

Ciertamente, estamos predispuestos a no escuchar determinados géneros, identificados unos con el aburrimiento, otros con la cultura de las drogas, y el resto como extraño a la propia e  intocable identidad que nos hemos formado. La convicción bersteiniana naufraga por esa resistencia insólita a  las innovaciones, aunque quedemos picados por la banda sonora de una película, sin permitirnos buscar en las redes sociales y dar con sus influencias, o pisar una sala de conciertos que desafíen la sola predilección por el ritmo.

En un grato libro de Federico Pacanins, “Tropicalia caraqueña. Crónicas de nuestra música urbana del siglo XX” (Fundación para la Cultura Urbana, Caracas, 2005: 198), con toda razón comentaba Gregorio Montiel Cupello: “Soy ecléctico en mis gustos. Creo en artistas que busquen nueva avenida, un nuevo camino, sea cual fuere su tendencia (…) La música interesante, digo, siempre me mantiene despierto y pendiente”.

Claro, no es el caso de aquel amigo que, muy antes, se decía de tan amplia y tolerante cultura que le permitía disfrutar una zaporrita al igual que el – siempre – el primer movimiento de la famosa quinta de Beethoven, pegando el grito al cielo porque, la una, me fastidiaba y, de la otra, reivindicaba su último movimiento como una suerte de extrema inspiración rockera que sólo la orquesta puede alcanzar, como no lo logra una banda convencional o electro-electrónica.

A nuestro país, prácticamente no llega nada diferente y es buena la costumbre de ir a las secciones culturales de la prensa extranjera para bucear sobre los nuevos  movimientos artísticos. O colocar, por ejemplo, en los buscadores más conocidos, jazz finlandés o sudafricano, surcoreano o estadounidense, para tratar de descubrir nombres y, a lo mejor, dar con otros continentes musicales que podamos recorrer: todo un ejercicio casero, apropiado para las noches de insomnio,  si es que hay señal.

Ilustración: Eric Bowman.

  

 

 


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