Del lenguaje soez
Escrito por Siul Nagarrab   
Domingo, 20 de Enero de 2019 05:34

altPudimos haber hecho cualesquiera grabaciones, pero es fácil de suponer  las dificultades impuestas por  los disparos de no se sabía de dónde ni de qué,

además de los misiles de agua, barredores de algo más que tristezas. En medio de la refriega, siempre nos llamó la atención el intercambio de insultos entre las fuerzas protestatarias y las represivas, tomando  nota de sus limitaciones.

En efecto, por 2017, veredas, calles, avenidas y autopistas, propias de la Venezuela que sembró su petróleo, escenificaron las más formidables, espontáneas y vivas protestas de la Venezuela contemporánea. Sólo en este siglo, la dictadura socialista ha logrado concitar tan multitudinarios rechazos, desde que principió aún enmascarada como una experiencia de relanzamiento democrático.

La muchachada también se defendía a través del grito vigoroso y  preciso ante las fuerzas policiales y militares que les respondían con otras procacidades, en medio de la faena, más allá de las pedradas lanzadas y las lacrimógenas devueltas con una vehemencia ahora legendaria. Antes de apuntar con sus arcabuces blindados,  los disparos más ligeros eran los de la obscenidad impetuosa de uniformados que muy bien, en la noche, podían comentar en familia alguna hazaña contra los más indefensos, preferiblemente adolecentes que capturaban y  prácticamente linchaban esposados para encaramarlos en las motocicletas y exhibirlos cuales piezas cazadas deportivamente, más por morbo personal que por la promesa de un ascenso laboral.

Hoy, lo podemos reconfirmar con el que se emplea en cualquier riña callejera. e, incluso, las que recurrentemente estallan en un vagón del metro, el lenguaje ofensivo se ha estacando, privilegiado muy pocos vocablos que mal ponen la sexualidad, la raza y etnia,  condición social y nivel educativo, discapacidad física y hasta mental de la víctima. De acuerdo a nuestras modestas notas de campo, en las referidas protestas, con los gestos correspondientes, el  término más frecuente fue “mamaguëvo” y, además, faltando poco, “mamagüeva”, seguido por “coño de tu madre”, “hijo (a) de puta” y “mal parido (a)”, y hasta vimos una pinta que aseguraba algo así como “el que no salga a protestar es marico”, dándonos idea de la pobreza de un repertorio del más empobrecedor de los lenguajes que no retrata a un emisor – precisamente – culto, como podría falazmente entenderse: valga el ejemplo de los improperios telegrafiados y lanzados con enojo al conducir un automóvil en la Caracas anómica, al menos.

Años atrás hicimos la prueba en uno de los tantos chats de las redes y, en modo de picapleitos, reñimos con otros usuarios que prefirieron expresiones como las señaladas, y callaban o nos tildaban de locos cuando les respondíamos con algo un poco más elaborado, como que fueron fetos felices en el intestino delgado de la madre que los expulsó para hacerlos infelices en este mundo; seres que no se adivinaban frutos del trauma provocado al caer de la cama sobre el tetero de vidrio, retrasando la llegada de la adolescencia;  internautas que se agotaban en una interjección al gravitarles un mosquito en las tres neuronas que arrastraban, o deportistas que evitaban la sudoración a todo trance. Por lo general, la prueba finalizaba cuando les aseguraba que tenía el IP de su conexión, retirándose al citarles una numeración dada al azar. Por cierto, las muestras tomadas en tres oportunidades, por seis meses, se convirtió en un texto de reflexión sobre el lenguaje soez que fue publicado por Geocities, si mal no recordamos, a través de Altavista, hacia 1999 o 2000,desapaecido luego aún de nuestros archivos digitales.

 

 


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