Movilidad social y sonora
Escrito por Siul Nagarrab   
Domingo, 02 de Diciembre de 2018 00:00

altSe nos acercó una cursante del post-grado, en solicitud de alguna sugerencia para su tesis y, descubriéndola también saxofonista

formada en el Sistema Nacional de Orquestas, deseosa de apostillar e irse, nos permitimos una idea apropiada para la socióloga. Trabajar y sectorizar las fiestas hogareñas de la ciudad que alcanzan altas horas de la madrugada para tormento de los vecinos, en cualquier día de la semana.

El problema puede sintetizarse,  le dijimos a Amanda, en que Caracas siempre fue una urbe ruidosa, en la que fueron frecuentes los grandes fiestones en casas, apartamentos  u, obviamente, salones de fiestas que, además de ponderar la oferta inmobiliaria de medianos o pequeños edificios recién construidos, desafiaban toda Ordenanza Contra Ruidos Molestos; y, ahora, son acontecimientos infrecuentes, gracias a la radical crisis social y económica que, no obstante, se dan.  El planteamiento puede esbozar, nada más, en aras de mantener el objetivo del trabajo, el aspecto legal (citación y firma de caución en una jefatura civil y, hoy, denuncia y trámite kafkiano en una Fiscalía, faltando el juez de paz), el psicológico-afectivo (forzada celebración de quinceañeras, etc.), o estrictamente económico-presupuestario (bastará con citar  sólo las marcas de licores antes  y después consumidos).

La hipótesis pudiera residir en que hubo fiestas diferenciadas en sectores de la ciudad, por el género musical que empleaban, ahora uniformes;  nuevos vecinos son capaces de darla, retando a los viejos vecinos de costumbres ya consolidadas; las ruidosas celebraciones son propias de un ascenso social, transferidos los hábitos del anterior lugar de residencia; faltando el ejercicio de autoridad, los nuevos privilegiados marcan la pauta. Por supuesto, ella puede elegir el autor que le resulte más adecuado para un adecuado marco teórico.

Para la prueba de campo, debe elegir – por ejemplo – a un vecino rumboso que hoy habite Bello Monte y El Paraíso e indagar si procede de Petare y de Caricuao: en un lapso determinado, preferiblemente seis meses, tomar nota de las celebraciones realizadas, su duración y el género musical que ha privado. Quizá pueda verificar por el testimonio oral de los viejos y nuevos residentes, por el automóvil que usan, por la historia musical de la ciudad, por los registros hemerográficos y, casi descartado, por los viejos archivos de novedades policiales, algunas cosas interesantes: en Bello Monte y El Paraíso, cunas del rock citadino medio siglo atrás, ahora se oye – estridentemente – el vallenato y el merengue, cultivados en Caricuao y Petare, de hacer caso a los registros disponibles de consumo cultural; los nuevos vecinos, promediando tres o menos años de residencia,  lograron adquirir un inmueble hasta hace poco inalcanzable; se atreven a las grandes fiestas, en claro desafío a los viejos vecinos, porque están relacionados de un modo u otro con las actuales autoridades; por el origen, marca o modelo del automóvil estacionado en el sótano, esa relación es provechosa, tratándose de altos o medianos funcionarios públicos, contratistas de regular dimensión, o raspa-cupos; por lo general resuelven sus diferencias con improperios o actos de fuerza; y, para su delación, prefieren el vallenato y el merengue, cultivados y revelados por el karaoke. Habría que acotar una circunstancia, pues, no hay boliburguesía, por más que tenga el exterior como el asiento principal de sus intereses, sin una clase de ejecutivos en el patio.

El ejercicio propuesto parte de tres convicciones: no hay predisposición clasista alguna, históricamente está comprobada una asociación de la clase o sector social con un determinado consumo cultural y, a pesar del enorme retroceso experimentado por el país, por muy pequeños que sean, hay grupos de privilegiados que tienen expectativas de movilidad y bien puede expresarlo una mudanza de Petare a Bello Monte o de Caricuao a El Paraíso.  En todo caso, esta vez, hay que parar la oreja en las noches de un obligado y prolongado insomnio para saber si estamos o no, en lo cierto.


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