El eterno retorno a 8 ½
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Domingo, 05 de Agosto de 2018 00:00

altEn 2018 se cumplen los 55 años de aparición de lo que a mi juicio es la mejor película de todos los tiempos.

Se trata del excepcional   filme italiano, dirigido por, Federico Fellini y protagonizado por Marcello Mastroianni, Claudia Cardinale y Anouk Aimée, entre otros. Fue filmada en blanco y negro y su banda sonora fue compuesta por Nino Rota, apareciendo en las salas cinematográficas en 1963.

El hombre con capacidad creativa tiene la potestad de hacer que sus preocupaciones, obsesiones, fantasmas, temores y utilidades sean potencialmente productores de seducción colectiva. Es decir, que el gran creador parte del concepto de que su mundo “personalísimo” es del común interés de un conglomerado que se ha de interesar en compartirlo.

Esta premisa sencilla y paradójicamente enrevesada tiene una gran complicación. Tal vez la vida de cualquier persona o sus gustos o sus intereses nos puedan parecer atractivos, mas el artista es artista precisamente porque tiene el don de transmitir de manera especial lo que otros pudieran ya tener en mente: El artista es el artífice del “cómo” y su genialidad está precisamente en “la forma” de transmitir sus elucubraciones. 

Expresado de otra manera, cuando se conjugan a través del artista la idea (el contenido) con gran capacidad de expresarlo (la forma) surge el milagro de la creación de la obra de arte.

¿Por qué es 8 ½ la mejor película jamás realizada?

Porque Fellini logra hacer que sus intereses personalísimos se inmortalicen. El gran artista tiene el don de universalizar sus intereses personales, a través de una manera de presentarlos que nos deslumbran y seducen.

¿Qué ocurre con 8 ½? 

La historia trata de un artista (hombre admirado) a quien se le acabaron las ideas para seguir creando. “Guido” (el nombre del protagonista) es un director cinematográfico a quien no se le ocurre una nueva película. El tema con el cual comienza Fellini a mostrarnos a su personaje principal, es atinente a la tradición humana de todos los tiempos. ¿Quién en su sano juicio no ha tenido un bajón emocional que le impide seguir llevando su vida como naturalmente solía conducirla? ¿Cómo no identificarnos con el sujeto que después de cuarenta años de vida atraviesa una seria crisis personal? Además, por ser un personaje público, la presión es aún mayor y la capacidad resolutiva lo ubica al nivel de cualquier hombre.

Pareciera que “Guido” se parece, o tiene relación o se nos ocurre que en realidad es el mismo Fellini, quien nos presenta algún período de su propia vida. ¿Acaso el hecho de que lo vinculemos con lo real es lo que lo hace mejor? ¿Es un gran film por ser autobiográfico? Es creíble y nada puede ser tan fascinante como aquello que parezca creíble porque lo que le ocurre a Guido, al parecerse a lo real, puede pasarle a cualquiera. O sea, que la debacle moral e intelectual de un individuo hace que sea más cercano a cada uno de nosotros. 

Fellini expone un derroche de elementos vinculados con la familia tradicional. La madre, el padre y el mismo Guido cuando niño y todos los elementos que exaltan a la familia y la eterna huella que lo familiar deja tatuado en el ser humano, sean por presencia, ausencia, pobreza o riqueza afectiva. La familia marca nuestra vida hasta el día en que dejemos de respirar. De hecho, es poco probable que se pueda hacer una buena película en que el tema de la familia no esté presente. 

Fellini usa de manera deslumbrante lo que pudiésemos llamar los símbolos más representativos de la civilización occidental. Desde la manifestación onírica clásica que recrea el psicoanálisis, con sueños universales, hasta elementos claramente junguianos, con los cuales Fellini impresiona. Personajes como la histérica, el Don Juan, la amante, la mujer bella, el intelectual, la loca, desbordan al espectador y lo llevan a un plano de fascinación sin comparación.

Los amores y los desamores hacen que en una histórica escena sin parangón aparezca Guido en la misma habitación con todas las mujeres de su vida. La solución simbólica nietzscheana está vinculada con el látigo, con el cual el personaje principal logra controlar un verdadero motín de las mujeres que ha conocido desde el día en que nació. Desde su madre hasta su actual amante y por supuesto la loca del pueblo con la cual descubrió el mundo del sexo, en contraposición con la inmaculada y “sufrida esposa” Luisa. 

La gran solución y el gran final de la película: La eterna disyuntiva humana que es y ha sido, la lucha entre la razón y los instintos. Como si ya no fuese suficiente con habernos deleitado con el mejor cine que se ha hecho, el insólito final-moraleja-enseñanza, hace que 8 ½ sea una película para ser vista una y otra vez. Fellini, el genio, crea dos finales: A) El del hombre que no soporta la presión de la vida y termina autodestruyéndose, y B) La otra cara de la moneda, la del hombre que sabe que la vida es una fiesta y los seres que nos rodean merecen nuestro cuidado, respeto y absoluta devoción. 

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