El capote rígido
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | @perezlopresti   
Martes, 15 de Mayo de 2018 00:00

altDe los grandes cuentistas de todos los tiempos, suelo volver de manera recurrente a Franz Kafka, a Guy de Maupassant, a León Tolstói y a Julio Cortázar.

Artífices magníficos del arte del cuento universal, cada incursión en sus relatos sigue siendo un deleite repetido, que por repetido acumula valor, haciéndose exponencialmente placentero.

Pero de todos los escritores de cuentos, ninguno supera a Nicolai Gógol, al punto que suelo pensar que ante la perfección del ruso de origen ucraniano, si tuviese que salvar un solo cuento de todos los cuentos que existen, salvaría a El Capote, obra maestra literaria universal de la autoría de Nicolái Gógol. En El Capote, un funcionario cambia de atuendo un día y su vida se transforma, entre otras razones, porque quienes lo conocen lo perciben como una persona distinguida y de elevada postura ante la vida.

Pues se dieron las circunstancias para que me cayese de manera aparatosa en el metro de Santiago de Chile y por más que mi madre insiste en que soy un hombre de huesos fuertes, no pude escapar a lesionarme un tanto y un perfecto latigazo me ha estado complicando los días. Al principio usé un collarín, pero más pudo la comezón que el autocuidado y terminé por dejarlo en un pipote de la basura. Desde que sufrí el percance ferroviario he tenido una molestia tan severa, que mi rostro tiene otra gestualidad, mi tronco se ha vuelto rígido y la forma del cuello es más parecida a la de una jirafa que a un chimpancé. 

No me había percatado que esta postura anómala hasta que pasaron dos semanas, en las cuales, la gente comenzó a hablarme sin mirarme directamente a los ojos, la cajera del supermercado me daba un cambio superior al que me correspondía en los pagos y los taxis se empezaron a detener sin necesidad de que asomara mi brazo.

La cosa es que ando tieso como un palo seco y muchas personas han cambiado la manera de interrelacionarse conmigo. -¡Qué serio se ha vuelto! -¡Cuánta elegancia! y -¡Qué actitud tan digna! Son comentarios repetidos de rigor que me hacen los allegados, sin que me dé tiempo de explicar que tengo un dolor insoportable en el cogote. En el banco me aprobaron dos tarjetas de crédito, en el autobús los jóvenes me ceden el puesto y en la venta de boletos del cine no debo hacer la fila de rigor. El hosco carnicero que siempre me atiende comenzó a darme las mejores piezas de posta negra y las más frescas prietas artesanales. 

“-Te entiendo perfectamente, Alirio, todo en la vida es cuestión de actitud”, fue el comentario derrotista de un colega tozudo que usualmente me lleva la contraria en todo, o casi todo, y desde que ando rígido ha terminado por darme la razón. En el ascensor, tratando de hacer un esfuerzo por marcar el piso 6, la vecina que jamás me hablaba ni para pedirme la hora se ha franqueado entre piso y piso para hacerme una especie de confesión en la cual me decía que había quedado fascinada por mi elegancia. Como me dolía tanto el cuello ni siquiera la miré para darle las gracias por el cumplido y se fue dolida ante mi falsa indiferencia, lanzándome un beso desde la distancia. 

Ha sido de la mayor sorpresa para mí todo cuanto me ha ocurrido, como el hecho casi irreal de que me ofrecieron trabajo como asesor de imagen empresarial y hasta un candidato a presidente de un país Latinoamericano me escribió solicitándome un curso de expresión corporal. Ahora ya no me solicitan mi presencia en la radio sino en la televisión y el cantante urbano de las esquina de mi casa me dedica el tango “Por una cabeza”, cuando paso a su lado. 

Espero recuperarme pronto y seguir mi vida normal, taciturna y ajena a lo sobrevenido, francamente aburrida, distante del accidente del metro, cuando era un simple mortal insignificante a quien pocos prestaban atención. Espero volver a ser el de antes, con joroba incluida y dejar de ser este ser que me he convertido: Una suerte de estirado y engolado hombre blanco, calvo y de lentes con aires de superioridad francamente imposibles de asociar con el hombre que soy.

Por lo pronto me he de someter a los tratamientos de rigor de los fisiatras, los bálsamos apestosos que alivian el dolor y los baños de piscina que me dejan más tieso de lo que ya estoy bajo la supuesta creencia de que la natación es buena para relajarse.

Quise intentar con un poco de cigarrillo para aliviar la tensión de mi cuerpo y dos mujeres y dos hombres, de manera simultánea y casi atropellada trataron de encenderme el tabaco y por poco me terminan tumbando por segunda vez. Menos mal que leí a Nicolái Gógol y estas cosas que para otro podrían volverse más que perturbadoras, han terminado por generar en mí una necesaria revisión sobre los alcances de lo que a uno le ocurre de manera cotidiana y las implicaciones futuras que ello acarrea.

Mi esposa ha tenido la gentil disposición de copiar estas líneas, porque mi estado físico me impide sincronizar la más mínima posibilidad de escribir.

   


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