La fiesta del chivo
Escrito por María Isbelia A. de Alfonzo   
Sábado, 31 de Octubre de 2009 15:09

altToda obra literaria implica un viaje físico o imaginario hacia un sitio previsto o imprevisto, es así como los viajes interiores que realiza el escritor le permiten encontrar el sustrato propicio para la creación de su obra literaria. Precisamente en esta semana al manoseo de mis libros cómplices que en su vasta variedad  ninguno me resulta indiferente, pude desempolvar de los tantos  “La Fiesta del Chivo” por el reconocido olor que me impregnaba en su tocada.

Mario Vargas Llosa por ser excelente escritor Vanguardista  en el cúmulo de mi aprendizaje literario estar debiera,  describe con saber y talento únicos  la fuerza tiránica salpicada por las retorceduras del poder de un dictador que en su sueño delirante y una ambición desmedida de mando, el Mesías de La Patria Renacentista creyó ser.


Rafael Leonidas Trujillo, Su Excelencia como asi lo llamaban los arribistas y subalternos era reconocido por los Trujillistas como el Benefactor y Padre de la Patria Nueva, el tirano tenía un físico tan particular soberbio y repulsivo, de expresión severa y de piel cetrina que le conferían un aspecto dominante.


El Dictador era arrogante y presumido, siempre empolvado y perfumado, aunque trabajador incansable con jornadas de día y de noche, pero en algunos momentos la caída de las sombras era coronada por largos ejercicios amorosos y fiestas bañadas de burbujas espumantes.


La Fiesta del Chivo es un fresco de entregas, dobleces y esguinces frente a un líder carismático que creía tener el patrimonio de la Providencia para llevar los destinos de La República Dominicana a dimensiones superiores… En sus dominios no se ponía el sol, el poder era un monumento al horror y a la depravación.


El Benefactor no tenía amigos, ni consejeros, ni interlocutores, solo incondicionales genuflexos  a sus órdenes, a su lado siempre las inflexiones lisonjeras, resultando  una aberración las danzas frenéticas con alegrías coribánticas entre rituales por demás crematísticos donde se podía ver desde la adulación y el servilismo hasta la adoración de una estatua de barro, mostrándose el tirano como un personaje mesiánico ¿Se puede imaginar usted mayor doblez y torpeza?


En este momento chocan con mi frente aquellos recuerdos del atentado de Los Próceres cuando alguien le preguntó al Presidente Rómulo Betancourt debidamente constituido sobre las cicatrices de sus manos y el reservado Gobernante tan solo se limitó a responder: - Eso me lo hizo el difunto. 


En algún momento el acontecimiento de los pueblos puede presentar la historia del tirano que fácilmente confunde la mente del más simple ciudadano, cada Dictador inventará sus propios mitos para no caer del pedestal donde está elevado, asumirá la posición del diablo, demasiado diablo que conoce muy bien como llegar a un acuerdo con sus demonios personales para persuadir a la gente, el personaje indolente no se desconcierta porque al ser de corazón verdugo ni siquiera se da cuenta.

Pero en la inconsistencia del tiempo ningún tirano es eterno, siempre tendrá su final, y este podrá llevarse en sus espaldas el costal, aunque los tiranos no se dan cuenta que son criaturas de arcilla y en algún dobladillo del alma la cicatriz siempre quedará con la marca de tirano.



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