Dentro de pocos días se constituirá en Caracas la Celac, que se supone cobijará a todos los países de la región,
con excepción de Estados Unidos y Canadá. Con todo lo que esto podría significar, al episodio lo ha precedido un gran silencio y una indiferencia que parecen sugerir que pocos le conceden verdadera importancia. Dos factores inciden en esta actitud de los latinoamericanos; por una parte, el secretismo de las cancillerías con el cual han discutido los documentos fundacionales, nadie los conoce y nadie sabe qué se propone, en efecto, una organización que agrupará países de signos políticos y de sistemas económicos no sólo diversos sino antagónicos.
Una mirada a los países de América Latina, cuyos jefes de Estado concurrirán a la cita, basta para percibir que hay una absoluta incompatibilidad entre Brasil, Colombia, Chile, Uruguay, Argentina, México, Panamá, Costa Rica, los países anglófonos del Caribe, con el régimen venezolano presidido por el comandante Hugo Chávez Frías. En todos esos países tiene vigencia a plenitud el Estado de Derecho. En todos ellos se respetan la libertad de expresión y los derechos humanos, la propiedad privada, el pluralismo ideológico, la tolerancia política, la diversidad de la sociedad, sistemas monetarios ajenos al control político gubernamental, la transparencia en la rendición de cuentas, la separación entre gobiernos y partidos, el apoliticismo de los militares, sistemas electorales independientes del Ejecutivo, equilibrio e independencia de poderes, respeto absoluto a las constituciones.
La pregunta es obvia: ¿qué va a significar la Celac en materia de derechos humanos, de libertad de expresión, de respeto a la propiedad privada, al Estado de Derecho, a la democracia, en una palabra? ¿Pretenderán sus organizadores que eche un manto de sombras y de palabras ambiguas para disimular el compromiso vital de nuestros pueblos y la aspiración histórica de desarrollo en libertad? ¿Suponen, acaso, los jefes de Estado y de Gobierno que se van a reunir en Caracas que son compatibles los regímenes económicos y políticos que concentran en manos del Estado todo el poder, que reprimen a sus pueblos, que auspician y financian aparatos publicitarios del Gobierno para perseguir, denunciar y difamar a quienes hacen oposición legítima con los vigentes en sus países?
La Organización de Estados Americanos se fundó para consolidar la democracia en la región. Su Carta aprobada en Bogotá en 1948 es inmejorable. Pero se quedó en el papel, porque de inmediato la región se fue poblando de dictaduras militares, en el Caribe, América Central y los Andes. Vino la Guerra Fría y Estados Unidos convirtió a los dictadores militares en sus aliados incondicionales. La OEA se deformó al nacer y durante décadas los Estados miembro no han sido capaces de rescatarla, con excepción de organismos del sistema como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos o la Corte. Contra estos organismos es que reaccionan los gobiernos, entre ellos el de Venezuela, que desconocen y rechazan sus decisiones con la hipócrita invocación a la soberanía.
¿Tendrá, acaso, la Celac una comisión de derechos humanos y una corte que responda por el cumplimiento de sus principios? ¿Tendrá, acaso, la Celac una carta que consagre la libertad de expresión, el derecho a la propiedad, la vigencia de la Constitución, o dejará todo ese legado de la democracia y de la civilización al azar de quienes convierten a las sociedades en campos de concentración rodeados de alambradas de púas?
¿Vendrán los jefes de Estado y de Gobierno a decirnos a los venezolanos que estamos solos y que debemos someternos en silencio, permitir que se vulneren nuestros derechos, que nuestros hijos estén obligados a estudiar con los textos escolares que proclaman al Presidente de Venezuela como “el gran benefactor y salvador de la Patria"? Ojalá les soliciten a sus embajadores que les muestren los libros que bajo penas diversas los niños venezolanos están obligados a seguir.
Se proclama que la Celac será “una OEA sin Estados Unidos". Bienvenida la idea, pero cuídense los jefes de Estado y de Gobierno de convertir a Estados Unidos en sinónimo de libertad. A eso, y no a otra cosa, equivaldría una Celac que le abra las puertas a las autocracias y a los totalìtarismos, y que en nombre de la soberanía de cada uno se condene a los pueblos como los condenó la OEA en los tiempos de la Guerra Fría y de sus dictadores.
Miguel Henrique Otero
Parsifal D' Sola
Francisco Usón
Angela Zago
Elías Pino lturrieta
Antonio Sánchez García
Froilán Barrios
Cristina Carbonell
José Rafael Revenga
Pedro León Zapata
Jorge Pabón
Carlos Graffe
Elsa Cardozo
Ana Julia Jatar
Pablo Mledina
Diego Scharifker
Perkins Rocha
Rafael Arraiz Lucca
Heinz Sonntag
Lorent Saleh
Simón Alberto Consalvi
Rocio San Miguel
Gustavo Sosa Izaguirre
Rodrigo Diamanti
Antonio Ecarri Angola
Giuseppe Giannetto
Germán Carrera Damas
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