Educación desde el hombre
Escrito por José Gerardo Guarisma   
Jueves, 03 de Diciembre de 2009 05:30

altLa educación en la clásica acepción de la filosofía griega significa “sacar desde dentro”. Por otra parte, a pesar de que los dioses del Olimpo seguirían dictando las normas del universo, cada vez en mayor cuantía el destino del hombre y de la sociedad que conformaba al agruparse en espacios racionalmente dispuestos por su intelecto dependían del factor humano y no del divino. Ese logro sin duda se debía a su educación.

El estudio nunca dejó de ser una actividad permanentemente realizada por el hombre, sin importar la edad en la cual se encontrase. La poca esperanza de vida en los tiempos antiguos obligaba a desarrollar más temprano que tarde el entrenamiento necesario en el ciudadano de la polis. De allí el surgimiento de la escuela formal, para darle la posibilidad a los más jóvenes de la sociedad de conocer y entrenarse en todos los saberes útiles que se practicaban en la ciudad.

En consecuencia, la idea de la escuela para los de más edad no se percibió como una necesidad para aquellas incipientes sociedades. En la Edad Media se continuó con la misma mecánica cultural que sólo se vería afectada en la edad industrial con la aparición del vapor y muy especialmente de la energía eléctrica, que permitió la aparición de la jornada laboral limitada.

Sin embargo, la sociedad en su conjunto comenzó a perder en la edad industrial el invalorable aporte que significaba aprovechar los años de experiencia y conocimiento acumulados por la población de más edad, la cual se desincorporaba del aparato productivo activo a una edad temprana con relación a la nueva esperanza de vida, la cual aumentó luego de la postguerra en el siglo XX en un ochenta por ciento en cincuenta años, como resultado de los avances de la medicina, en particular la utilización de los antibióticos.

En este contexto aparece la “antropogogía”, guía o conducción del desarrollo del hombre, término acuñado por Félix Adam, definiéndola como “la ciencia y arte de instruir y educar permanentemente al hombre en cualquier período de su desarrollo psicobiológico en función de su vida cultural, ergológica y social”.

El hombre se hace adulto no por la yuxtaposición de un aspecto de su personalidad sobre los otros, sino por un proceso de integración de sus diferentes estados tanto biológicos, psicológicos y mentales como ergológicos, sociales y jurídicos. El auténtico aprendizaje del adulto, el que conduce al desarrollo, se produce cuando esta reacción involucra toda su personalidad, sus intereses, experiencias, capacidades en el acto educativo, de modo que éste adquiere una intensidad, amplitud y profundidad superior con relación al objeto de aprendizaje. La reacción sinérgica implica la activación de toda la energía humana, que es siempre más que la mera suma de sus partes, para producir eso que popularmente llamamos las “ganas” de aprender y que denominamos “voluntad de aprendizaje”.

Simón Rodríguez ya apuntaba que “Lo que no se hace sentir, no se entiende, y lo que no se entiende, no interesa”. De alguna manera, Rodríguez y Adam nos recuerdan la necesidad de enseñar a aprender. Y no puede hacerlo quien deje de aprender, porque el enseñar a aprender sólo se puede mostrar si se sigue aprendiendo.

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(*) Rector de la Universidad Bicentenaria de Aragua


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