Viaje al fin de la revolución
Escrito por Siul Nagarrab   
Domingo, 03 de Marzo de 2019 07:03

altTodavía insuficientes, existen numerosos trabajos que versan sobre las relaciones entre Venezuela y Cuba, obviamente privilegiadas las relaciones políticas y diplomáticas.

Que sepamos, no los hay respecto al imaginario que cultivamos sobre un referente ineludible, cuya independencia inquietó a Bolívar al esbozar algunos planes para lograrla, sentida posteriormente la presencia y prédica de José Martí en Caracas, aunque poderosa, inequívoca y también trágica fue la influencia ejercida por los isleños a partir de 1959.

La percepción de la vida cubana que hoy se ha desmoronado definitivamente,  fue la de un heroísmo ilimitado, digno de imitar, en la versión más guevarista de exportación que la del omnímodo castrismo en el poder.  El romanticismo anegó y tiñó cualquier consideración objetiva sobre  una experiencia  fallida de más de medio siglo que tuvo una insuperable manifestación con la celebérrima carta de bienvenida a Fidel Castro, cuando nos visitara por expresa invitación de Carlos Andrés Pérez al inaugurar su segundo mandato, habida cuenta de la interminable lista de personas que la firmaron con entusiasmo, muchas de ellas ahora arrepentidas.  

Nada casual, por la década de los setenta, constituyó  todo un éxito editorial el título “En Cuba” de Ernesto Cardenal,  brindada una ilusión casi paradisiaca de la cotidianidad insular, reforzando nuestros complejos, pues, acá ganó la brutal violencia betancurista ante la generosa solidaridad de un pueblo que deseó extender su revolución, obligados moralmente a auxiliarlo en medio de las penurias del criminal bloqueo tan harta y hábilmente propagandizado.  E, incluso, capaz de haber derrotado a la dictadura batistera, expresión de las peores corruptelas del mundo, creadora del burdel  del Caribe que,  en su momento, arrasó la guerrilla derrotando a un ejército regular, como se ufanó Fidel Castro en el Congreso o en la Universidad de Central de Venezuela a los pocos días de ascender al poder.

Vergonzosa dictadura de la sargentada que trepó el generalato, jamás peor que la actual, ocultó o dijo ocultar, por ejemplo, que Fulgencio Batista fue agasajado por el Partido Comunista de Venezuela  (PCV) al pisar suelo venezolano en los cuarenta, o que Cuba, la misma que nos llegó con sus guaracheros y una prolífera filmografía, asomó como uno de los  puntales del desarrollo capitalista del continente, con una clase política de convincente acuñación, hazañosa deportivamente y, avalga acotar, con una escuela de medicina de las más avanzadas en este lado del mundo. En lugar del balance necesario, preferimos la ilusión que, entre nosotros, tercamente defendió y propagó el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y sus infinitas derivaciones, con las que siempre contó La Habana, abierta o subrepticiamente, hasta perfeccionarse con el clan de Maduro Moros.

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Por estos días, hemos tenido la ocasión de leer “Cuba, viaje al fin de la revolución” de Patricio Fernández, tan festejado por las librerías extranjeras, que rinde testimonio de la vida rutinaria de los cubanos de este siglo. Sorprendido por la pobreza material de la población incapaz de reponer un caucho, privilegiado quien posea un automóvil de jurásica data,  también da cuenta de las asfixias espirituales que  la liturgia y los sermones revolucionarios no logran calmar o atenuar.  Sin embargo, al pasar las páginas del ejemplar que alcanzamos por el préstamo de unas copias fotostáticas, está retratado y peor retratado el cada día de los venezolanos víctimas de una dictadura filocubana que tuvo por inicial ventaja, una absoluta insinceridad.

El imaginario social que nos lleva a la Cuba de hoy, es el que tenemos de nosotros mismos: la gran estafa relegó al país petrolero a la miseria, al hambre, al genocidio activo y pasivo, a la diáspora. La causa indefendible, rechazada y repudiada por las grandes mayorías, está destinada a catapultar otra idea de nosotros mismos, ora como víctimas inocentes, por siempre necesitados del auxilio universal, sumergidos en un trauma insoluto; ora, como vanguardia continental para la derrota del totalitarismo, redescubriendo que somos algo más que petróleo.

En todo caso, tratamos sobre una experiencia que multiplica exponencialmente  el reportaje de Fernández, por distintas circunstancias, y debe tomar el cauce de una manera espontánea y libérrima, reconquistando los principios y valores indispensables. No tratamos de una operación masiva y quirúrgica de los psicólogos sociales, por bien intencionados que sean, en contraste con los que perversamente le prestan sus servicios a la dictadura actual.

 

 


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