Fútbol y castidad
Escrito por Omar Estacio   
Miércoles, 02 de Junio de 2010 06:11

altCon motivo del próximo mundial, a celebrarse en Suráfrica, leo en la prensa que Carlos Salvador Bilardo, el último entrenador en ganar con un seleccionado argentino tal tipo de torneos, recomienda la abstinencia sexual de los atletas, durante los 30 días que dura la competencia.

Como se ve lo mismo violan los derechos humanos, los gobernantes gamberros que los mercaderes de la noble actividad de músculo. Es el imperio del big business en lugar del mens sana in córpore sano de Juvenal.

Tal restricción más que un crimen es una estupidez. Algo que nos presagia, una copa nula de calidad. De ausencia de poesía. Ayuna de inspiración. Carente de creatividad y de genialidad sobre la cancha. Quizá de fuerza bruta, resistencia y condiciones físicas. Uno, ve a un defensa que le pega un patadón al contrario, que éste se revuelca en el césped con un esguince o una orquitis de mulo pero, a los pocos segundos, se levanta, sacude el polvo y prosigue en la acción, cancha arriba y cancha abajo. Sin embargo, no hay lírica ni metáfora ahí. “Felipao” Scolari, director técnico de los seleccionados de Brasil en 2002 y de Portugal en 2006, otro fundamentalista en esta materia alguna vez declaraba: “Si un hombre, por muy joven que sea, no es capaz de aguantar un mes sin sexo, no es un humano sino una bestia”.

No sé si es malo hacer el amor antes de cualquier actividad, de lo único que sí estoy seguro que peor, es abstenerse. La melancolía, el deseo reprimido, la frustración del varón, lo mismo le hipoteca las botas a un futbolista, que los mocasines a un político, un abogado, un obrero o a cualquier ejecutivo de empresa.

El que tiene guayabo, es decir, escasez o déficit de cariño, produce poco o produce mal. Igual no adivina la debilidad de un competidor comercial, que un claro en la defensa contraria. Ahora parece entenderse porqué Felipao y Bilardo, acabaron por ser cesanteados.

Todas las personas complicadas psicológicamente, terminan por convertirse en impotentes. Una buena relación de pareja está llena de fortificaciones recíprocas. Está documentado que los grandes generales de la antigüedad, previo a toda escaramuza, cumplían el rito que ahora se niega a los futbolistas. “Otra vegada, antes que vos vades” le pedía una dama a su caballero, antes de que éste marchara a batirse a muerte.

Los guerreros más bravos de nuestra independencia pasaban la víspera del combate, en compañía de las “troperas”. De no haber sido así, no hubiesen podido sacudirle el yugo a medio subcontinente. La abstinencia sexual, lastra el alma y los pies del futbolista. Lo saben, las botas correlonas de un comandante asustadizo, verrugón y propenso a la capitulación, a quien no se le conoce mujer, que los botines de un centrodelantero carente de olfato goleador, sin puntería cuando dispara a la portería contraria.

Nada se puede hacer con alegría, que es eficiencia, cuando la nostalgia de la hembra pesa en el alma y en el cuerpo. Los técnicos del balompié y esa subespecie menor, parlanchina, ignorante y decidora, que son los pretendidos comentaristas de la disciplina, se equivocan en todo. En fútbol y en lo que al amor se trata. Once hombres satisfechos sobre la cancha, valen más, apuntan mejor al arco, que cualquier equipo de nostálgicos, sufridores, reprimidos, arrastrándose sobre el engramado, abstemios de una buena “vegada”. O de una buena “tropera”.

El acto sexual, no es sino la elevación del ritmo sanguíneo, que lo mismo limpia la mente de un poeta, la sagacidad de un político, el instinto de un industrial, que el hambre de depositar el balón en los guarales del adversario.

La proliferación de tarjetas rojas, la violencia sobre la cancha, incluido el desenfreno del graderío, provienen de las malas pulgas de futbolistas y holligangs, subproducto del canibalismo de los empresarios del fútbol que no buscan sexo, goles, poesía, sino hacerse ricos a costa de trastocar el fútbol, en el opio del pueblo.
Un perjuicio de monja, eso que el sexo da raquitismo y déficit goleador ¡Lo que da raquitismo es el desamor, Yakelín Gertrudis!

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