Nomadland
Escrito por José J. Quintero   
Martes, 06 de Abril de 2021 12:32

altGanadora del León de Oro 2020 en el Festival de Venecia, Ganadora de los Golden Globe 2021 a mejor película y mejor director (Chloé Zhao),

con 6 nominaciones al Oscar de este año y una lista enorme de otras nominaciones y premios esta cinta nos llega con un palmarés altamente llamativo. Sin embargo, con frecuencia los premios no necesariamente son un indicador de calidad. Pero Nomadland deja algo en claro, no es una película corriente. No se inscribe en los recurrentes argumentos y efectismos que son parte de la norma demandada en los circuitos de festivales y premios internacionales. 

Su planteamiento sencillo exhibe originalidad. En todo su desarrollo un triangulo de circunstancias peculiares están siempre presentes: el tiempo dilatado de escenas de cotidianeidad, el frío siempre presente y los inmensos espacios de soledad donde transcurre el mayor porcentaje de la historia. 

La primera peculiaridad es la consistencia temporal. Nomadland se caracteriza por desplegar un ritmo pausado, lento, escenas donde poco ocurre y el tiempo transcurre en detalles insignificantes, de esta manera se va tejiendo la sensibilidad de la historia, lo cual va dibujando el alejamiento emocional del personaje, la distancia que impone su desencanto. Al respecto, el cineasta ruso Andrei Tarkovski afirmaba que de la tensión temporal que posea una película se deriva el componente emocional que ésta pueda o no generar: 

“La sensibilidad surge si tras el acontecimiento visible se hace patente una verdad determinada e importante. Cuando se reconoce clara y nítidamente que lo que se ve en ese plano no se agota en aquello que se representa visiblemente, sino que tan solo se insinúa algo que tras ese plano se extiende de forma ilimitada, cuando hace alusión a la vida. …una película verdadera, con un tiempo fijado con precisión, fluye por encima de los límites del plano, vive en el tiempo solo cuando el tiempo a la vez vive en ella.”   

Esta sensibilidad extendida que sugiere Tarkovski mana del manejo del tiempo en los planos fílmicos, ello crea un juego con nuestra percepción pues, al extender las secuencias en su dimensión temporal, logra que percibamos la largueza del silencio que cerca de soledad al personaje central, Fern (Francis MacDorman, en otra impecable actuación), induciéndonos a cavilar sobre el presente que acontece en pantalla y sumerge la historia  en una lentitud que elimina cualquier intento de visión proyectiva, estimulante o adversa, en tiempos futuros o pasados. La trama apenas pivota sobre lo que sucedió antes de lo que vemos, restando importancia a todo lo que no sea presente, lo que antecede es memoria fantasmal, lo que vendrá no posee expectativas, únicamente lo que acontece reviste interés. La película entonces se exime de tiempos, la historia se ahonda en un deambular de caminos (es una road movie), enrumbando, como le sucede a todo nómada, hacia lo incierto.

Una segunda constante del film es el frío. Conceptuado científicamente, se le entiende como pérdida de calor. Tener frío, naturalmente, nos produce estremecimientos. En Nomadland el frío está siempre presente pero funciona principalmente como un tropo, posee un sentido distinto a su acepción primera aunque no pierda correspondencia con ella, porque aquí el frío se alegoriza en cansancio extremo ante las formas sociales, ante los esquemas de la convivencia. La frialdad, hecha desapego invierte los términos físicos: mientras más ausente está el calor climático, más profundo se percibe el ardor interior. 

Fern peregrina en el frío porque busca vaciarse, en lo que puede, de lo que hay en ella que no le pertenece, busca ser ella y lo hace como sensación de invierno, luz que se apaga a lo exterior y se aviva en lo interior. Es pues un personaje centrípeto. Es por ello que los encuentros con sus semejantes tienden a lo básico y, al contrario de lo que por dentro bulle, su afuera se materializa en un trato tibio con el entorno. Su perfil se desdibuja en una lejanía de lo que socialmente la circunda y comienza a ser sí misma en el deambular errático, en el abandono, porque en todo abandono hay derrumbe y reconstrucción, porque desde el abandono se pueden mirar, frontalmente, a los ojos de la muerte.

Por último, el tratamiento del espacio es, por demás, interesante. Fern desanda sin rumbo sobre espacios desérticos que evocan una tundra gélida, descampados plenos de soledad. Son escenarios ideales para la introspección cuando se asume un exilio voluntario. Como sujeto en tránsito que habita en las fronteras de lo social, Fern dispone de esta escenografía helada para poder abolir esa normalidad, es aquí donde ocurre el reencuentro consigo, porque este existir alterno, sin costuras ni bordes pre-sociales, reconcilia los contratiempos que la vida le ha ocasionado. El espacio acontece como un eclipse que abre luces hacia otras dimensiones, hacia estados de conciencia que en el vacío del desierto encuentran su plenitud.

El crítico literario indio Homi Bhabha planteó la tesis del “tercer espacio” o “espacio intersticial” en la literatura post-colonial (en América latina Silviano Santiago desarrolló, en términos parecidos, el “entre-lugar” del discurso Latinoamericano). Estos planteamientos se resumen en la posibilidad de elaborar discursos sobre espacios alternativos que se apartan del binarismo esquemático que, como un cerco social, establece la cultura. En este nuevo espacio de indeterminaciones, de ambigüedad, las identidades se mezclan, se rehacen, se reconstruyen y sobreponen para anular, con un tercer factor ignorado, la tensión que imponen representaciones dualísticas de la realidad.

El paralelismo que la actitud de Fern crea en la cinta hace evidente la aparición de este tercer espacio. Ella entra y sale del binarismo entre lo socialmente aceptado (la ciudad, la familia estable, el rehacer un hogar en pareja, el trabajo formal, etc.) y su contrario, el ámbito de la discriminación social (personajes del desarraigo: los segregados, los desechados, los no productivos, las caravanas de marginados, los ancianos desahuciados, etc.), ella cohabita ambos mundos, entra y sale de ellos afinando su conciencia para luego aislarse por convicción. La circunstancia personal que la envuelve no reconoce para sí ninguna de estas dos identidades. Los enormes espacios de frío y soledad la acercan a su afirmación como individuo único, son el portal para salir hacia una dimensión propia que no está intervenida, que no se inscribe ni en los resentidos ni en los estabilizados. 

Su errancia construye algo más íntimo, es ese espacio liminar, el intersticio donde solo ella habita. Su vida en soledad se metaforiza en el encuentro agudo e insondable con lo que somos, aparece entonces lo que es imposible compartir porque, en soledad, es cuando podemos sumergirnos en “el vació más pleno”. Por esta razón Fern redobla el nomadismo, el trashumar de espacios desolados consciente de que los remite a una dimensión personal, íntima. 

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Este abatir la estabilidad, este desplazarse en los márgenes de actitudes que la llevan a vivir en lo que parece la línea de la desesperanza asumida, apunta a un desapego, un actuar que desarmoniza con los “otros”, secando paulatinamente en sí lo sociable. Porque la soledad y la vejez cuando vienen juntas, radicalmente juntas, entonan la canción del desencuentro con el afuera. Soledad y vejez se disuelven en la anonimia. Y esta es una forma adelantada de morir, es un suicidio social, un vivir muriendo hacia afuera, desatando lazos, haciendo del destino solo un presente que discurre como una conciencia sin orillas, sin márgenes, ni adelante ni atrás, puro fluir. Si la vejez nos ocupa plenos de conciencia, sin la estupidez senil, entonces la soledad ya no es desolación, el desconsuelo no es desamparo, es sólo camino por recorrer pero sin metas. Vivir es transitar, es entender lo que somos acoplados a una noción menos mecánica, menos rígida, obviar el reloj, para existir en un fluido que se mueve en las coordenadas de lo que nos hace vibrar y estremecer. 

Nomadland nos habla de la necesidad de encontrar una libertad y un empuje interior que haga frente a la cadena de superficialidades que nos endilga lo que de fuera nos viene codificado. Lo hace desde un sujeto social interfronterizo, Fern se legitima en un entre-lugar donde la ausencia de apego y ataduras construyen un desprendimiento nómada, que se hunde paulatinamente en las inmensidades de nuestro interior. Y eso queda subrayado magistralmente en la cinematografía de Joshua James Richards y en la música de Ludovico Einaudi que nos invade en cada secuencia, que remarcan cada impresión. 

La película es, qué duda cabe, una fina denuncia de la vida de los olvidados y marginados por los efectos perversos de las políticas de mercado pero, aunque esa sea la lectura más amplia y directa que pueda hacerse, también cabe interpretarla como una visión poética que, desde la entrada a la vejez, permite el encuentro con la necesidad de explorar, cabal y entrañablemente, aquello que somos, aquello que más allá de las apariencias sociales, no hemos descubierto de nosotros mismos.

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