|
||
| Opinion | ||
| Noticias | ||
El mensaje personalistaEl presidente Chávez pronunció alrededor de 60.000 palabras el viernes 13 de enero en su intervención de ... |
El otro cuatroEl régimen está en campaña, y por eso no nos debe extrañar que eche el resto en un año tan corto como promete ser el 2012. ... |
Sociedad AbiertaSi hemos de creer a Karl R. Popper en “La sociedad abierta y sus enemigos” (1945) sobre las condiciones de una sociedad abierta, entonces tenemos serios ... |
El chavismo del generalCuando el general Cliver Alcalá Cordones proclama que las FAN son chavistas...no sólo está repitiendo una consigna de arriba sino que también expresa la verdadera faz ... |
Reloj no marques las horas: las cu¿Se prepara Israel para neutralizar lo que cada día se configura más como una inminente amenaza nuclear iraní? Si bien este interrogante impregna la enrevesada atmósfera... |
| Los tiempos de Dios |
| Escrito por Víctor Maldonado C. |
| Martes, 10 de Agosto de 2010 11:09 |
Ya no era el mismo que arrastraba a las multitudes al paroxismo. Tampoco quedaba mucho del reformador civil que había asombrado al mundo de su tiempo como la alternativa férrea al comunismo que se avizoraba en el horizonte como un espectro terrorífico.
Nada de eso había sido suficiente para moderar sus fracasos como conductor de una guerra que casi se había inventado a la medida de sus ambiciones. Nadie podía menos que suponer que él debía responder por todos y cada uno de los desastres de esa guerra agotadora y costosa. Muchos años de control absoluto le impedían compartir el peso de la culpa. Todas las instituciones habían funcionado de comparsa al culto más obsceno de su propia personalidad. Su mentón era el símbolo de toda la arrogancia de su tiempo. La imagen perfecta del nuevo emperador romano, redivivo luego de veinte siglos de silencio. Todo recaía en él. Cuando la sensación de que la guerra estaba perdida se divulgó por los círculos bien informados de su país, la responsabilidad cayó sobre el único hombre que, de forma tan imperiosa, los había colocado en el bando perdedor. La convicción de que había que acabar con él cuanto antes surgieron y se difundieron ampliamente mientras se sucedía una derrota tras otra. Mientras tanto, el dictador esperaba en la soledad del poder, mientras la derrota militar y la matanza de sus conciudadanos eran el preludio inminente de una invasión directa. |