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Los tiempos de Dios
Escrito por Víctor Maldonado C.   
Martes, 10 de Agosto de 2010 11:09

altYa no era el mismo que arrastraba a las multitudes al paroxismo. Tampoco quedaba mucho del reformador civil que había asombrado al mundo de su tiempo como la alternativa férrea al comunismo que se avizoraba en el horizonte como un espectro terrorífico. Nada de eso había sido suficiente para moderar sus fracasos como conductor de una guerra que casi se había inventado a la medida de sus ambiciones.

Nadie podía menos que suponer que él debía responder por todos y cada uno de los desastres de esa guerra agotadora y costosa. Muchos años de control absoluto le impedían compartir el peso de la culpa. Todas las instituciones habían funcionado de comparsa al culto más obsceno de su propia personalidad. Su mentón era el símbolo de toda la arrogancia de su tiempo.

La imagen perfecta del nuevo emperador romano, redivivo luego de veinte siglos de silencio. Todo recaía en él. Cuando la sensación de que la guerra estaba perdida se divulgó por los círculos bien informados de su país, la responsabilidad cayó sobre el único hombre que, de forma tan imperiosa, los había colocado en el bando perdedor. La convicción de que había que acabar con él cuanto antes surgieron y se difundieron ampliamente mientras se sucedía una derrota tras otra. Mientras tanto, el dictador esperaba en la soledad del poder, mientras la derrota militar y la matanza de sus conciudadanos eran el preludio inminente de una invasión directa.

Mussolini ya no tenía el mismo valor. Sólo él se imaginaba que seguía siendo un factor importante en el concierto internacional, mientras que su aliado principal decidía su suerte al otro lado de la frontera. Sus ministros y el Rey lo tenían como el problema que debía resolverse cuanto antes, pero él no se daba cuenta de que las derrotas en el exterior y la desmoralización interna lo habían privado de su condición de líder indiscutible de Italia.Pero nadie se atrevía a ponerle el cascabel al gato. El 19 de julio,
mientras se reunía por última vez con Hitler y escuchaba, también por última vez la perorata interminable que se le imponía como una bota en el cuello, entró en la sala de reuniones un oficial italiano, muy agitado, con la noticia de que "en este momento Roma está sufriendo un violento bombardeo por parte del enemigo.

El Rey lo recibió con el ceño fruncido y nervioso. "la situación es tensa, los alemanes nos traicionarán, la disciplina de las tropas se ha desmoronado...". El 24 de julio se reúne por primera vez en años el Gran Consejo Fascista, el partido del duce, con el fin de destituirlo y devolverle todos los poderes a Vittorio Emanuele. La mañana del domingo 25 de julio el líder caído pidió autorización para ver al Rey, audiencia que le concedieron para las cinco de la tarde del mismo día. El Rey estaba esperándolo en la puerta, vestido con traje de mariscal. Ambos entraron al salón y estas fueron las palabras: "Mi querido duce, ya está bien. Italia está hecha pedazos. La moral del ejército está por los suelos. Los soldados no quieren seguir combatiendo. En este momento usted es el hombre más odiado de Italia. Ya no le queda más que un solo amigo, que soy yo..."

Su reflexión a la salida del despacho regio fue lacónica y justificadora. "No se puede gobernar tanto tiempo ni imponer tantos sacrificios, sin provocar resentimientos". Sus pensamientos fueron interrumpidos por un capitán de los carabinieri que le cortó el paso para decirle que estaba bajo la protección de Su Majestad el Rey, mientras le señalaba una ambulancia que estaba cerca. Cuando cerraron la puerta de la ambulancia, ésta se alejó a toda velocidad.

Esa misma tarde el Rey le encargó al mariscal Badoglio la formación de un nuevo gobierno y la comunicación de la noticia al mundo. Dos días después, se llevaron al Duce y lo recluyeron en la isla de Ponza. Así acabaron veintiún años de dictadura.

De su inmenso carisma no quedaba absolutamente nada. Sus últimos días transcurrieron en la vergüenza y el desespero. Hitler lo rescató para que dirigiera por mampuesto una entelequia - la república de Saló- que fue simplemente la antesala de su derrota final. Su pueblo no le perdonó el error fatal de no haberlos protegido de la barbarie y evitarles de esa forma la vergüenza de la invasión por todos sus flancos. Al final, de ese mentón tan arrogante, de esa impostura tan llena de supremacía no quedó sino un cuerpo colgado por los pies, al lado de su amante que corrió la misma suerte.

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