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Chile repara una deuda
Escrito por Antonio Sánchez García   
Martes, 20 de Julio de 2010 08:14

altSurge en Chile una nueva orientación política hacia América Latina. Emerge pujante, tras veinte años de prescindencia, una política exterior ejemplar, orientadora, profundamente democrática. Era lo que faltaba para que la ejemplar recuperación de la sociedad chilena tras la pesadilla de veinte años de errores


A Andrés Allamand y Patricio Walker

Once años han debido transcurrir para que los demócratas chilenos se volvieran hacia una patria que les fuera tan solidaria y terminaran por escuchar los llamados de auxilio salidos de lo profundo del corazón de una de las tierras más generosas y desinteresadas del planeta. Once años de silencios, de miradas evasivas, de incomprensión. Y en algunos de los sectores, precisamente los que mayor acopio de generosidad y entrega recibieran de los demócratas venezolanos, un pesado fardo de desinterés, incluso de desprecio y complicidad con el despotismo militarista, caudillesco y populista del teniente coronel Hugo Chávez.

No es ninguna casualidad que este cambio en 180º del comportamiento de los demócratas chilenos hacia la dolorida patria de Bolívar haya tenido que ocurrir con el arribo de una nueva coalición política al gobierno en Chile. Pues la pesada herencia del pinochetismo, así como las presiones de los sectores más radicales del socialismo chileno y el peso de las decisiones de quienes, sin estar en la alianza, ejercían un influjo determinante sobre la conducta internacional de los gobiernos de la Concertación, hicieron que estos gobiernos obviaran toda referencia concreta respecto de la sistemática violación a los derechos humanos y la institucionalidad democrática que sufríamos los venezolanos. Y permitieran el avieso comportamiento de uno de sus compatriotas, el socialista José Miguel Insulza, al frente de una OEA puesta objetivamente al servicio de la desestabilización de las democracias latinoamericanas. Cuba y Venezuela a la cabeza de esta aventura. Lula, paraguas de la buena izquierda, montando el cortafuegos de la desestabilización.

Duele constatar que precisamente esos sectores – comunistas, miristas y socialistas del ala más radical – que más sufrieran de los embates de la dictadura y mayor respaldo encontraran de parte de los partidos políticos venezolanos – socialdemócratas y socialcristianos – hayan sido quienes mayor desprecio le mostraran, y continúan mostrándole, a los sectores democráticos de nuestro país. ¿Mal agradecimiento, mezquindad, miopía política o simple estulticia y embotamiento intelectual y moral bajo el predominio de ideologías añejas y fracasadas? Una mezcla exponencial de todas esas taras está detrás del mal agradecimiento de los marxistas chilenos. Que se cuezan en su propia salsa.

Resulta irónico, cuando no francamente bochornoso, que el régimen del teniente coronel Hugo Chávez descalifique a los demócratas chilenos de “fascistas” por pretender el ejercicio de un derecho consagrado en la Carta Democrática: cautelar la realización de elecciones libres, equilibradas y transparentes en Venezuela. Con prescindencia del aterrador sobrepeso del aplastante y omnímodo poder del Estado a favor de la parte del león. Precisamente la del oficialismo.  Difícilmente se encontrará expresión de mayor fascismo que el que practica desembozada y descaradamente el presidente Hugo Chávez. Quien no sólo rechaza la observación internacional tildándola de injerencia, sino que dirigiendo el coro de sus subordinados  descalifica a quienes se atienen a las normas de la Carta Democrática acusándolos de pinochetistas y fascistas. A Dios rogando y con el mazo dando.

Es extraordinariamente positivo que ante estos ataques, se produzca una unidad de todos los factores democráticos chilenos - de la UDI al PS - y se aísle a quienes insisten en jugar la carta del castro-chavismo, del asalto nazi-fascista al Poder, del establecimiento de regímenes totalitarios de filiación cubana en América Latina. Surge en Chile una nueva orientación política hacia América Latina. Emerge pujante, tras veinte años de prescindencia, una política exterior ejemplar, orientadora, profundamente democrática. Era lo que faltaba para que la ejemplar recuperación de la sociedad chilena tras la pesadilla de veinte años de errores y tiranía encontrara el puesto de comando que se merece en el escenario internacional: asumir el reto de liderar la democratización de la región.

Bienvenida esa política. Enhorabuena.


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