Las relaciones Rusia-Japón: ¿Fueron en vano los esfuerzos de Abe?
Escrito por Jonathan Benavides | @j__benavides   
Miércoles, 20 de Octubre de 2021 00:00

altUn año después del final del largo período de liderazgo de Shinzo Abe, Japón vuelve a tener un nuevo Primer Ministro. 

El mayor desafío de política exterior al que se enfrenta el nuevo gobierno japonés liderado por Fumio Kishida es el enfrentamiento cada vez más intenso entre su gran vecino, la República Popular China y su principal aliado, Estados Unidos. Además de las medidas para dinamizar el grupo QUAD (Asociación de Díalogo Cuadrilateral) al que pertenece Japón junto con Australia, India y Estados Unidos, la administración del presidente estadounidense Joe Biden, tal y como comentábamos en nuestro artículo de la semana pasada, ha concluido un acuerdo con Canberra y Londres para proporcionar a Australia submarinos de propulsión nuclear que en el futuro podrían patrullar el Pacífico occidental cerca de las costas chinas. Las fallas geopolíticas en la región del Indo-Pacífico se están convirtiendo rápidamente en primera línea. 

En este contexto, ¿queda algo del esfuerzo de ocho años del ex primer ministro Abe para mejorar las relaciones con Rusia sobre la base de un mayor compromiso económico adaptado a las necesidades de Moscú?. Las relaciones de Rusia con China continúan desarrollándose, incluso en el ámbito militar; las enmiendas constitucionales de Rusia aprobadas el año pasado prohíben la entrega del territorio ruso, lo que no es un buen augurio para la disputa territorial de larga duración con Japón sobre las Islas Kuriles del Sur; y los funcionarios rusos y los medios estatales han estado recordando y condenando la conducta de los militares japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, algo que decidieron restarle importancia en el pasado. Es cierto que Moscú ha invitado a Tokio a participar en proyectos económicos en las Islas Kuriles del Sur, pero en términos rusos y sin un estatus exclusivo.

Para muchos, la respuesta a la pregunta anterior es clara y negativa. Sin embargo, esa actitud equivale a una resignación de facto, un enfoque cuestionable. A pesar de la analogía frecuentemente citada pero errónea de la Guerra Fría, la actual confrontación chino-estadounidense ha creado dos polos en el sistema global, pero no (al menos todavía no) dos bloques. Una vez más, a pesar de la interpretación popular e igualmente incorrecta, Moscú no es seguidor ni vasallo de Beijing. Como potencia particularmente sensible a su propia soberanía, Rusia busca mantener un equilibrio (que no es lo mismo que equidistancia) entre su socio principal y su principal adversario. Tokio haría bien en entender eso y tenerlo en cuenta al estructurar sus relaciones exteriores.

La disputa territorial con Rusia se considera muy importante para el pueblo japonés, pero es más simbólica que sustantiva. En términos prácticos, el mayor logro de la era Abe en las relaciones entre Japón y Rusia fue la creación de un formato para consultas de alto nivel en materia de seguridad y política exterior entre los dos países. Con los temas de seguridad encabezando la agenda en el Indo-Pacífico, mantener el canal para los intercambios privados directos con una gran potencia vecina que ofrece la fórmula “2 + 2” es de gran valor. Tal formato es una marca registrada de la política exterior de Abe que, aunque era leal al aliado estadounidense de Japón, se enorgullecía de perseguir los intereses nacionales japoneses en lugar de depender únicamente de que otros los tuvieran en cuenta.

Kishida, quien durante cinco años se desempeñó como ministro de Relaciones Exteriores de Abe, ahora tendrá la oportunidad de poner su propio sello en la política exterior del país. Sin embargo, tiene sentido para él aprovechar los logros de su predecesor, como utilizar el mecanismo de consulta único mencionado anteriormente para abordar cuestiones geopolíticas y de seguridad en la región del Indo-Pacífico, desde Corea del Norte hasta Afganistán. Incluso bajo Abe, el compromiso económico de Japón con Rusia no fue de ninguna manera caridad. Las recientes iniciativas del liderazgo ruso para trasladar más recursos al este de Siberia ofrecen nuevas oportunidades para las empresas japonesas, al igual que los primeros planes de Rusia para la transición energética en respuesta al cambio climático y los proyectos de desarrollo en curso en el Ártico. En septiembre de 2021, el Foro Económico del Este anual en Vladivostok no contó con la participación japonesa de alto nivel.

Japón seguirá siendo un aliado confiable de Estados Unidos en el futuro previsible. También es seguro predecir que, al menos a mediano plazo, y posiblemente a más largo plazo, la asociación ruso-china seguirá creciendo. Sin embargo, esa no es razón para que Moscú y Tokio se consideren adversarios. Además, dado que un conflicto armado entre Estados Unidos y China significaría una calamidad global y tendría una alta probabilidad de convertirse en nuclear, otras potencias importantes, como Rusia y Japón, tienen un interés vital en prevenir tal colisión. Ampliar los todavía muy modestos elementos de confianza en la relación Japón-Rusia, hablar de preocupaciones recíprocas antes de que conduzcan a un conflicto, evitar incidentes bilaterales y participar en una cooperación económica mutuamente beneficiosa es el camino a seguir. La ausencia de un tratado de paz entre los dos países más de setenta y cinco años después del final de la guerra es anormal, pero esa misma asignatura pendiente debería servir de estímulo para perseverar. Rendirse es una opción, pero no una buena opción. 

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