De atardeceres y pandemia
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Miércoles, 10 de Marzo de 2021 05:21

altUno de los balcones da al norte y el otro da al este. El balcón del norte me obsequia una estupenda vista de la ciudad

y la posibilidad de disfrutar de las cuatro estaciones. El balcón del este me regala los más bellos atardeceres que he visto desde que nací y una serie de montañas detrás de las cuales está el imponente océano pacífico, mientras un viento helado se cuela desde el sur. Es un espacio para usarlo solo durante el verano, a menos que queramos enfrentarnos con buenos abrigos al frío austral. En el contexto de esta larga pandemia se hace más que notable la preponderancia de la exaltación de las emociones. Probablemente en ninguna otra época se había dado tanta relevancia a la conceptuación de lo que significa la salud mental como en nuestro tiempo. La fuerte experiencia de la muerte nos ha tocado directamente, sea porque hemos perdido a seres queridos o conocemos personas cercanas que se han marchado. De tumbo en tumbo va el siglo XXI y como si no hubiese suficientes entuertos por resolver en el planeta, ya la necesidad de sobrevivir se ha vuelto la meta. 

Encandilados y enceguecidos 

A la par de tener que lidiar con una calamidad y como si no existiesen problemas de muy difícil resolución, ha surgido una enardecida legión de personas que se manifiestan de manera fanática contra el uso de las vacunas. Herederos del desquiciamiento propio de quienes se aferran a la bandera de la “consparanoia”, no podían tener mayor enceguecimiento y exaltación de sus pasiones sino hubiese aparecido el coronavirus. Los consparanoicos encontraron la gran causa universal que por fin los unifica y terminan por creer que se ratifican sus enajenadas creencias. Es la eterna lucha entre la oscuridad y la sombra, la ignorancia y el conocimiento, la superchería y la ciencia. A veces pareciera que resurge una nueva edad media en pleno siglo XXI. La inquisición y el mundo visto a través del lente del prejuicio se sigue moviendo a pasos agigantados. Por una paradoja sin comparación, volvemos a los tiempos en los cuales se preconiza la higiene, el hospital es la meca del sistema de salud y volvimos aparatosamente de nuevo al tiempo de la invención de la vacuna. Es como si hubiésemos viajado en la máquina del tiempo. 

La gran caída 

Imposible haber predicho que los organismos internacionales encargados de hacerle frente a tan infortunada situación iban a actuar de forma errática y en ocasiones con contradicciones aparatosas. Con la pandemia va de la mano la catástrofe económica que ella acarrea y la recesión que lamentablemente nubla el panorama en términos presentes y futuros. Esta situación afecta a las economías más débiles de manera más significativa y el país de mis afectuosidades está a poco tiempo de experimentar más cambios de los que ya ha padecido. Importantes centros de análisis han manifestado de manera pública que se espera una estampida migratoria de antología histórica sin precedentes en la región. Esta ola migratoria, agravada por la pandemia, complica el escenario en función de futuro para los venezolanos. Si no hay un acuerdo interregional para atender la catástrofe que significa el éxodo venezolano, las consecuencias serán muy oscuras. Pensar en términos humanos requiere el tino de pensar fríamente. Ayudar a los venezolanos esparcidos por el mundo desde una instancia internacional será beneficioso para las naciones que creen un frente común. Abocarse al gran drama que sufre la nación del norte del subcontinente es proteger los propios espacios de cada uno de los países que tome la iniciativa en buscar soluciones mancomunadas para tan apremiante causa.

La esperanza 

Afortunadamente se tomó la decisión de usar la vacuna en fase 3. Las circunstancias no permitían tomar otra disposición y los avances de algunas naciones ya señalan el sendero de lo que va a ser el futuro cercano: Por una parte, países que van a vacunar a su casi totalidad de la población y otros que tardarán mucho más tiempo en consolidar las metas propias de una sociedad que piensa en la salud de sus habitantes. En el caso de Venezuela, bien valdría la pena que quienes la dirigen apostaran por un poco de sentido común y asumiesen con responsabilidad el hecho de que en sus manos reposa el destino de millones de almas. No es menor el esfuerzo titánico que se requiere para recuperar la nación, más cuando pareciera que no existe la voluntad de muchos actores en conseguir un punto medio de encuentro para que el país que una vez fue potencia lograse encauzar su rumbo.  Por otra parte, están nuestros vecinos. Si no son capaces de ponerse de acuerdo para hacer un esfuerzo en concretar soluciones colectivas, no se podrá atender a una crisis que terminará por no tener precedentes en la región. Estamos construyendo una historia atropellada de gente que huye de escenarios que la mayoría no puede soportar. Abro de nuevo cada balcón y veo un nuevo atardecer con la esperanza de que mañana sea un día mejor. 

 

 

 

 


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