Resguardo sí, destrucción de monumentos no
Escrito por Javier Escala   
Martes, 04 de Agosto de 2020 00:00

altHace pocas semanas alguna población de Estados Unidos y Europa ha tenido por bien derribar estatuas de personajes con actuaciones de poco enorgullecer.

El asesinato deliberado de George Floyd en Minneapolis el 25 de mayo pasado motivó a personas en varias ciudades de la nación norteamericana, del Reino Unido, Bélgica, Francia y España a maltratar y abatir selectivamente aquellos bronces “mal vistos”. El estímulo, argumentan los ejecutantes del movimiento Black Lives Matter,  es el de ir contra los símbolos del racismo, el colonialismo y la opresión. Todo parece justificable pero no es tan sencillo. 

Escribiré estas líneas como historiador de oficio y no como activista. Es cierto que “El historiador es prisionero de su tiempo”, según palabras de René Girault, pues sus ideas y concepciones del mundo  están atadas a la sociedad en la que habita. Sin embargo, las herramientas que utiliza para el estudio del pretérito le conceden una visión más sopesada de los hombres que le antecedieron. 

La estatua, como cualquier otra representación artística, es una fuente histórica. Esto si entendemos por tal todas las cosas creadas por el hombre, desde un bifaz hasta un teléfono inteligente, y no solo los documentos. De esta manera, una estatua es más que un bronce decorativo en una plaza o parque público. Sus características, ubicación y cuidados nos puede decir mucho sobre el cómo valora o qué importancia le da un colectivo a la individualidad allí erigida.  

Cuando se desmantela un monumento no solo se destruye un símbolo o una representación profana, como impugnan los iconoclastas quienes últimamente han realizado labores de destrucción contra patrimonios de la humanidad en Iraq, Siria o Afganistán, sino una herencia cultural. En junio el mundo observó, con algo de indiferencia, el caer de varios bronces.  Las figuras de Cristóbal Colón, Junípero Serra y Miguel de Cervantes por citar tres conocidos nombres de la historia mundial han compartido la mandarria por igual. El primero muy polémico en América, para unos “descubridor” para otros “genocida”; el segundo un misionero franciscano mal asociado al racismo y el tercero un novelista de talla universal que más bien fue esclavizado por un corsario en Argel. 

Los activistas del movimiento Black Lives Matter, el cual reclama igualdad de derechos para la comunidad negra en Estados Unidos, considera estos y otros monumentos como símbolos creados para proyectar e imponer la supremacía blanca. Por tanto, figuras  como Edward Colston, Robert E. Lee, William Carter Wickham, Robert Milligan, Albert Pike, Thomas Jefferson, George Washington o Winston Churchill están valoradas de manera negativa, fragmentaria y bajo conceptos actuales.

En términos cronológicos, la destrucción de estatuas para cambiar credos religiosos o sepultar el recuerdo de algún gobernante ha sido sostenida. La Biblia, por ejemplo, narra que el rey Josías de Judá en procura de restablecer el monoteísmo de Yahvé demolió las representaciones de otras deidades. Asimismo, en la antigua Roma las imágenes de emperadores como Calígula o Nerón terminaron hechas pedazo y en tiempos más próximos estatuas de Lenin, Stalin o Saddam Hussein desaparecieron bajo muchedumbres embravecidas. 

Para comprender esto es menester aclarar que la demolición selectiva de monumentos resulta en algunos casos auspiciada por una clase dirigente, la cual desea apartarse de un pasado del que formó parte (ver la reacción antiguzmancista en Venezuela) pero la mayoría de las veces es una característica propia de períodos con alta efervescencia popular, como el presente, donde la destrucción estatuaria toma una cara justificable ante determinado grupo social; pasó en la Comuna de París con la Columna Vendôme, en 1917 durante la revolución bolchevique con los símbolos del zarismo y décadas posteriores en el agónico mundo soviético con las representaciones de Lenin. 

Ahora la pregunta central ¿Es lícito o no destruir un momento? Desde el punto de vista histórico,  una estatua representa la concepción valorativa que tenía una sociedad hacia un individuo al momento de edificar su imagen; no es solo un objeto impuesto desde el poder, como afirman unos, sino un acto de reconocimiento social ajustado al sentir de determinado tiempo. Las estatuas de Cristóbal Colón, por ejemplo, fueron fomentadas por la comunidad italiana en Estados Unidos para hacer valer su aporte y presencia en el continente. Pero no sólo fue labor de italianos sino del propio gobierno quien, durante las conmemoraciones del cuarto centenario del “descubrimiento de América” en 1892,  organizó una feria mundial colombina en Chicago. Cosa similar sucede con fray Junípero Serra, cuya admiración entre las comunidades mexicanas de California es honda. 

En el caso de los esclavistas debemos primero establecer dos cosas: ¿Qué era el esclavismo en los siglos XVII y XVIII? y ¿Cuándo y por qué fueron edificadas sus estatuas? La esclavitud, hoy reprochada moral y legalmente, fue aceptada en occidente hasta el surgir de los movimientos abolicionistas a principios del siglo XIX. Así,  Jefferson y Washington, por colocar dos nombres emblemáticos, ejercieron una propiedad amparada por ley y aprobada por la sociedad de la época. Además, la edificación de sus monumentos parte en principio del cómo fueron apreciados por sus contemporáneos. Washington y Jefferson gozaron de estatuas por el rol ejercido en la construcción de la nación norteamericana, no por tener plantaciones con esclavos. 

He allí el problema de valorar con ojos presentes los hechos del pretérito. La carencia de una visión integral de los personajes por una reducida y satisfactoria a ciertos grupos también puede resultar peligrosa y hasta injusta ¿Cuál es la valoración más razonable para estos hombres? Nos quedamos con el Jefferson esclavista que promueve Black Lives Matter  o con el constructor político de la historia oficial; el Churchill racista o el que combatió el nazismo, el Edward Colston traficante de esclavos o el filántropo de Brístol. La repuesta más prudente es con todos, pues los hombres son constante contradicción pero sobre todo hijos de una época. No debemos justificar, eso no es lo que busco en estos párrafos, sino ver y revalorar los personajes desde una dimensión más cercana al tiempo en que vivieron y no tanto al de nosotros. La tarea no es fácil.  Es más cómodo juzgar a quien pensó diferente con nuestras creencias actuales que hacerlo desde su propio sentir.

Recordemos que el destructor de monumentos no es historiador sino un agraviado que fija en la estatuaria una alegoría negativa y culpable de su propia condición social. Igualmente, establece una vinculación temporal entre el objeto y él. Por ello ataca a Colón por “genocida”, palabra que vale acotar fue creada en el siglo XX, y no a Julio César o culpa a Jefferson y demás sureños de esclavistas pero no a los antiguos. En el mundo actual no existen comunidades resentidas por las acciones de César contra los galos pero si con la llegada de Colón a este continente, así también resulta muy poco cerrado, al menos mientras continúe el racismo y la exclusión hacia los negros,  el tema de la esclavitud moderna; la de griegos y romanos es solo para los libros y estudiosos mas no una bandera de lucha social.  

Finalmente, creo conveniente, para solventar las demandas Black Lives Matter y de los defensores patrimoniales, la salomónica medida del retiro y resguardo en museos de las estatuas hoy señaladas. Los descontentos no notarían “símbolos de la supremacía blanca” en las calles y los protectores del pasado oficial no considerarían amenazados sus iconos nacionales. Ser exhibidas en un museo con las aclaratorias pertinente es el destino más acertado para una fuente histórica  y para el trabajo de los artistas de estas figuras, mucho de ellos fallecidos. . Es mejor la valoración crítica como sociedad, pensar más destruir, que borrar algo que siempre rondará allí. La historia no puede ser dada de baja con el simple desplome de bronces fundidos. 

El racismo cambiará sólo con la educación, no destruyendo todo lo tildado de “racist” o “proslavery” en Estados Unidos y Europa. Nada se hace, más allá de satisfacer el arrebato del momento, con echar abajo imágenes si se reproduce en la sociedad el mismo patrón de ver al otro diferente. La mudanza debe ser desde las costumbres y estructuras existentes.  La responsabilidad de los historiadores atañe en hacer una valoración crítica e integral de individuos y hechos del pasado.  

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