El pulso del asesino
Escrito por Antonio José Monagas | TW: @ajmonagas   
Lunes, 06 de Julio de 2020 00:00

altLa incertidumbre, escapa al control del hombre sin que, en su proceso indagatorio, pueda manifestar algún apego al conocimiento acumulado

a través de los tiempos. De nada pues valieron las conjeturas y sapiencia de quienes se arrogaron alguna capacidad para presumir adelantarse a hechos que caracterizaron realidades que marcaron hitos de pesadumbre. 

Desarreglos éstos que devinieron en cambios igualmente sociales, políticos y económicos. Aunque de los mismos, emergieron fuerzas indiscutibles que rasgaron verdades. Estas transformaron latentes realidades en expectativas que, con el tiempo, adquirieron un valor tal que no terminó de comprenderse. Particularmente porque en lo inmediato, las situaciones dieron lugar a nuevos acontecimientos que poco permitieron el debido reacomodo. Éste bien pudo haberse logrado de contarse con el tiempo necesario para implantar una nueva conciencia civilizatoria. Capaz de ordenar la sociedad. 

Aún cuando repetidas veces, distintas naciones se sumergieron en un mundo mutante, las realidades actuaron en dirección contraria a las presunciones aludidas con base en el egoísmo de quienes ostentaban el poder. Ese mundo, presionado por contingencias naturales y fatalidades provocadas por la testarudez y avaricia humana, trajo consigo desgracias de todo tenor, extensión y espesor. Más que logros alcanzados. 

Debajo de la movilidad que hacía contorsionar la faz del mundo, se ha ocultado asesinos (casi) invisibles. Su peculiaridad para adaptarse a las condiciones del ambiente, no han permitido ser descubierto. Al menos, inicialmente. Y así fue como el mundo, se vio envuelto en trampas que, su perspicacia mal acuciada, llegó a construir. Trampas éstas que no se compadecieron de la potestad de sus constructores. Así que la misma argucia que dieron como resultado la movilidad de las mismas, insumieron al mundo en cada época hasta subordinarlo a la superioridad de pronunciamientos políticos.

Desde tiempos bíblicos, la humanidad se ha visto abatida por inmensos siniestros que han diezmado la población de forma imprevisible y horrenda. Las últimas, como la peste negra, la gripe española, la fiebre amarilla, la tuberculosis, la malaria y otras epidemias y pandemias, causaron daños descomunales. Unas, con efectos más duros en algunos sitios más que en otros. Pero con crudas secuelas al fin. 

Ahora ha comenzado a hacer estragos, el Covid-19 o CoronaVirus. El mismo, a pesar de lo que refiere la historia del mundo sobre eventos de similares características, ha envuelto todo en un enorme desconcierto. Dicha condición, ha sido el mejor terreno hallado para cultivar el ensañamiento y rapidez de ataque del temido virus. 

Los términos que explican el pánico, el horror, el temor y el miedo, en sus acepciones más utilitarias, se extraviaron de su sentido más lato. Tanto así, que la paranoia hizo gala de su presencia. Así, se dispuso a consumir esperanzas y arrasar con espacios en los que se suponía estar arraigada no sólo la fuerza de voluntad necesaria para dominar la incertidumbre como amenaza permanente. Del mismo modo, la templanza suficiente para sobreponerse al dilema que confronta la emergencia en cuestión. Ello, con el perverso propósito de allanar el camino de la victoria por el cual intenta desfilar el maligno microorganismo. 

Pero la capacidad de perjuicio del temido virus, es mayormente proporcional a su microscópico tamaño. Razón ésta por la cual arremete sin compasión contra cualquier individuo. Sin distingo alguno de clase, lugar o condición. 

Se pronostica que su letalidad se afincará sobre los ámbitos de la producción, de instancias comerciales, bursátiles y financieras. Es decir, a nivel de la economía en todo su trazado o recorrido. Aunque sus maléficos efectos, igualmente dejan advertir que también hará estragos en lo que incumbe a relaciones interpersonales toda vez que comenzó a supeditarse en el miedo, el temor y el pánico. De esa forma, logra someter a la sociedad al sembrar la consternación que sus secuelas finalmente provocarán. 

El distanciamiento social inducido, hurgará condiciones ocupadas por la intimidad, la familiaridad y la camaradería. Al fin, todos ellas razones que afectarán la socialización como razón de integración social. Su daño, moldeará distorsiones en la comunicación y en la cultura, particularmente. Además de efectos colaterales patológicos que puedan avivar la aprehensión entre personas que alberguen sospecha de contagio del otro. 

Esta realidad, conspiraría contra valores de tolerancia, respeto, solidaridad, empatía y comprensión que sin duda, ocasionaría un completo desprecio hacia todo lo construido en función de la dignidad, la promoción de la prosperidad y de la construcción de una sociedad que actué en equilibrio de cara al bienestar de la población. 

Es necesario seguir insistiendo en la obligación de respetar la naturaleza, pues en su esencia se hallan enigmas y riesgos capaces de afectar la salud del hombre en todas sus manifestaciones. Lidiar con cualquier presencia natural que habite los ámbitos más recónditos de la realidad, no significa que deba actuarse con la prepotencia que pueda caracterizar la dimensión en la que existe el hombre. 

Por encima de cualquier excusa, vale la prudencia, la moderación y la humildad. Sobre todo, cuando resulta inevitable concienciar la vida como soporte de la humanidad y garantía frente al tiempo. Más aún, cuando alguna amenaza no del todo conocida o reconocida, pueda imbuirse a través de embates y avatares solapados. O dejándose ver como amenaza disfrazada. Es dar cuenta de que en pleno enfrentamiento, habría que revisar el problema tanteando el pulso del asesino.

 


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