Usura y avaricia (en tiempos de crisis)
Escrito por Antonio José Monagas | TW: @ajmonagas   
Domingo, 07 de Junio de 2020 09:50

altLa historia del hombre trata la usura y la avaricia con el cuidado que sus implicaciones comprometen.

No sólo tocan la economía en su sentido más amplio. Igualmente, la política. Pero con suma particularidad, tientan la religión. Así se tiene que la tradición judeocristiana, entraña su significado. Sobre todo, al aludir la transacción que se da entre el deudor y el adeudado. O entre el aporreado y quien aporrea. Las medidas que expone la Biblia, destacan claramente la relación entre el interés y la caducidad de las deudas. Entre la tacañería y la rimbombancia. La historia de las sociedades, corrobora esto.

La Iglesia Católica siempre ha cuestionado toda práctica que intente asfixiar la persona en materia económica. La encíclica “Rerum Novarum” de 1891, conocida como la “doctrina social de la Iglesia”, hizo este problema suyo. Lo tomó entre sus acciones a vencer. Por lo cual, asintió postulados que impugnaban la usura y la avaricia pues rechazaba su ejercicio. Tanto que son consideradas entre los pecados capitales.

En Julio 2009, el Papa Benedicto XVI, en audiencia pública, condenó, por enésima vez, la práctica de la usura y la maña de la avaricia. Las calificó de “humillante esclavitud” para quienes caen atrapados en sus redes. El Papa Francisco también ha refutado sus praxis. Las calificó de “acto inhumano”.

En medio de los estragos causados por la pandemia del reputado y temido Virus “coronado”, CoronaVirus o Convid-19, la política (en su acepción más rústica) se ha aprovechado del manejo de su incidencia para desvirtuar sus secuelas. Se ha pretendido manipular la susodicha crisis, en cuanto a la forma de determinar –demagógicamente- posibles vías de incidencia sanitaria decididas a favorecer discrecionalmente algunos sectores por encima de otros. Todos, igualmente afectados. Pero la atención gubernamental, ha sido de alguna forma “diferenciadora”. Siempre, en términos de una discrepancia marcada por una contrariada polarización. Absurdo todo esto, pues la politización de tan agudo caos, se aprovecha de la circunstancia para instituir cambios injustos. Habida cuenta de una serie de procedimientos que revela la improvisación, privación e imprevisión, tanto como un solapado sectarismo con que se ha actuado en medio de la aterradora crisis.

Asimismo ocurre dentro del ámbito ocupado por la economía. Sobre todo, cuando la economía se supedita a las ejecutorias de la política. Es ahí, justamente, cuando la economía pierde buena parte del sentido que le irriga la teoría económica en la perspectiva de la microeconomía y la macroeconomía. Se extravían y desvirtúan los cuestionamientos sobre los cuales se hace posible estructurar los apoyos que pueden resistir los embates de empíricos de la economía. Particularmente, cuando estos se arrogan condiciones políticas improvisadas para urdir en contra de posturas de equilibrio capaces de armonizar los embates que se establecen en la complicada y umbrosa discordancia entre la oferta y la demanda.

En medio de tan apesadumbrado conflicto, siempre aprovechado por la precariedad de la ética política toda vez que irrumpe en la sombra de dichos ambientes, incitada la misma por la flojedad de valores éticos y morales de la política en ejercicio, poca o ninguna oportunidad puede hallarse para contrarrestar la ignorancia en complicidad con la usura y la avaricia. De esa manera, se desperdigan las posibilidades de vislumbrar razones y condiciones que tiendan a contrarrestar situaciones dominadas por la usura y la avaricia.

Lo contrario, ha permitido que la economía se vea empañada por la usura como perniciosa práctica que reivindica el abuso por parte de quien, financieramente, domina una transacción. O sea, que por usura debe entenderse toda contraprestación desmesurada recibida a favor de quien ha dado en préstamo o fiado un dinero. Es por eso que la usura ha sido una de las cuestiones más debatidas por el pensamiento económico. No así para la política. Aunque algo ha tratado la sociología (del desarrollo).

Sin embargo el problema no termina con esta operación que puede tener un enfoque mercantilista (comercial) que puede derivar en un trato especulativo. Y que en lo económico, resulta en una complicación social que se presta, perfectamente, para acentuar la pobreza a expensas de la necesidad económica de una de las partes. Pero por la otra parte, acelera la riqueza “mal habida” pues funge como vulgar catalizador de la ganancia que recibe quien actúa como “avaro”. No sólo por lo “desalmadas” que son personas entregadas a la práctica de tales fechorías. Sino también, por lo “miserable” que igualmente suelen ser.

Donde se instala la usura, se encumbra la ambición, se reproduce el egoísmo y se arraiga la mezquindad. Finalmente, se propaga la avaricia. Es el problema que padecen países cuyas políticas presumen de lo que no llegan a decir pues, justamente, carecen de ello. Es el mismo problema que reposa en quienes por ambiciosos, se jactan de lo que no tienen. Y por más que lo hayan aspirado, nunca pisarán aquellas realidades que surtan el efecto deseado.

Es el caso de países de economías emergentes o países en desarrollo. Aunque se hayan planteado con el mayor esfuerzo posible, alcanzar estadios de desarrollo. Pero ha sido en aras de satisfacer más el ego del gobernante, que compensar la pobreza acumulada de un pueblo hambriento de bienestar y libertades. Es una razón para entender lo que puede descifrar el problema que se plantean, cuando padecen realidades amenazadas por condiciones propias de cuando se vive contaminado por usura y avaricia (en tiempos de crisis).


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