La Unión Europea, Notre Dame y nosotros
Escrito por Emilio Nouel V. | @ENouelV   
Sábado, 27 de Abril de 2019 00:00

altUna de las creaciones institucionales más formidables que se haya podido establecer en el último siglo transcurrido en el mundo es la Unión Europea

“Más que una unión política, es una obra de arte grandiosa, 

un bastión brillante de inteligencia compartida; pero también 

el hogar de un legado en peligro”

Bernard-Henri Levy

 

Para los que nacimos en este continente, el legado europeo forma parte de nuestra esencia. No solo es la sangre que corre por nuestras venas, son muchas más cosas y fundamentales. 

Jorge Luis Borges decía que los americanos somos europeos desterrados y afirmaba, igualmente, que somos la prolongación y el reflejo del viejo continente. 

De allí que lo que en Europa ocurra, en lo político, económico o cultural, no nos sea ajeno.  

Los latinoamericanos, con nuestras especificidades, somos  occidentales.  

No pocos pensadores y políticos de estas tierras han querido enfrentarnos a esa raíz principal, como si fuera extraña a nosotros, emparentándonos a otras civilizaciones, las del mal llamado “Tercer Mundo”, con las que, en general, pocas cosas compartimos, más allá de la de ser seres humanos con problemas parecidos. El mexicano José de Vasconcelos llegó a plantear en el siglo pasado que la nuestra era una suerte de raza nueva, la “raza cósmica”. 

Aun cuando la profundización de la interdependencia global ha ido reduciendo las diferencias políticas, jurídicas y culturales entre regiones y países, siguen en pie los rasgos particulares, y es bueno que sea así. 

Una de las creaciones institucionales más formidables que se haya podido establecer en el último siglo transcurrido en el mundo es la Unión Europea. 

Sus grandes logros son incontestables. No ha sido perfecta, obviamente. Crisis ha vivido y las ha superado. Pero ellas han servido para mejorar y afinar sus mecanismos integradores tanto en lo crematístico, como en lo social. 

En la actualidad, la Unión Europea experimenta diversos problemas derivados de situaciones políticas al interior de sus países miembros y de los efectos de crisis extra-europeas (guerras, migraciones) que la impactan.

El Brexit ha sido también motivo de preocupación para los que hemos visto siempre la experiencia de integración del viejo continente como un ejemplo muy útil y que ha valido la pena emular en muchos aspectos. 

Guardamos aun la esperanza de que tal desatino no se llegue a concretar, y que los británicos se reincorporen a un proceso que solo les ha traído progreso y bienestar, independientemente de las eventuales dificultades, siempre subsanables con el diálogo y la negociación.

En días pasados, el pensador francés Bernard-Henri Levy, con ocasión del lamentable incendio de la catedral de Notre Dame, recordaba que ella, más allá de lo religioso, es un símbolo que representa a la Europa de la belleza, “es el alma de la humanidad misma, y una parte de esa humanidad ahora lleva una cicatriz”.

Pero también decía que ese triste hecho le recordaba la fragilidad de la historia y de la herencia europeas, “de la precariedad de lo construido”. 

Para él, Europa es una suerte de Notre Dame a una escala mayor y espera que lo sucedido despierte las conciencias adormecidas, porque el legado europeo hoy está en peligro, y no se puede permitir a los “pirómanos” que dividan a Europa. Y está muy claro que está aludiendo a la peste ultranacionalista que recorre esa región.  

Mucha razón tenía también J. L. Borges cuando en una entrevista en 1985 decía: “los europeos han olvidadoque eran europeos y han creído ser solamente franceses, británicos, italianos, alemanes, austríacos (…) Por eso hemos conocido esas dos calamidades, las dos guerras mundiales europeas, que para mí fueron de hecho dos guerras civiles, de lo que no se daban cuenta los combatientes porque cada uno razonaba en función de su patria”.

Que el que tenga oídos que oiga. 

Los ciudadanos de nuestro hemisferio americano, occidentales esenciales, de honda raíz europea, tampoco estamos exentos de sucumbir ante líderes de ideologías demenciales, “pirómanos” de la política. De allí que estemos obligados a defender y consolidar los valores universales que hemos heredado de esa Europa, hoy en riesgo de resquebrajarse.  

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