Un marxista en el reino del Quinto Sol
Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs   
Lunes, 03 de Diciembre de 2018 04:59

altPesan las tradiciones en el México de olmecas, toltecas, mayas y aztecas, como en ninguna otra sociedad latinoamericana.

Perfectamente hibridadas con las frágiles capas de cultura y civilidad hispanas cristianizadas, sobrepuestas por obra del primer criollo de ese melting pot que sería la América española, Hernán Cortés. Sin ninguna duda, la sociedad más fascinante surgida del choque de civilizaciones que supuso la invasión de la figura más portentosa de la historia de España, después de Ruy Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Maravillosamente representada por el concubinato del extremeño Hernán Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano, marqués del Valle de Oaxaca, con la Malinche, o Malintzin, su primera mujer mexicana, una aristócrata veracruzana de origen náhuatl que se la regalara uno de los caciques recién conquistados. Bella, inteligente, perspicaz y ambiciosa fue, a su vez, la primera criolla que sirviera de puente entre el valle de México y las mesetas castellanas.

Ayer, día de la asunción de mando del tepetitlanense Andrés Manuel López Obrador, más conocido como AMLO, de sesenta y cinco años, se vivieron en la región más transparente, permanentemente nublada por el anhidrido carbónico, sensaciones encontradas. En el zócalo, perfecta reproducción del gran patio de las pirámides en una de cuyas excavaciones se encontrara el aterrador Tzompantli – un altar cuajado de calaveras – que recibía a los mexicas cuando osaban allegarse a sus lugares sagrados, AMLO se sometió a los ritos iniciatorios del chamanismo que campea bajo las imágenes del calendario cristiano: arrodillado ante fumadores de tabaco se entregó a los antiguos dioses del panteón de Huitzilopochtli, no tanto porque crea en los poderes del panteón azteca, que es un viejo y resabiado manipulador político,  sino como forma de asegurarse la protección y la alianza de esa gigantesca pobresía indígena mexicana. Cuya vida, a juzgar por las quejas que adelantaban poderosos empresarios mexicanos, no mejorará un ápice. 

El nuevo señor no viene a arrancar su país de las tinieblas del canibalismo azteca, con sus guerras floridas, sus sacrificios sangrientos y su barbarie religiosa: viene a reivindicar el México moderno ante las ofensas sufridas tras cinco siglos de dominio hispano. En un país que se precia de sus héroes, dioses y semidioses, pero no ha aceptado reconocer la mexicanía del primer mexicano moderno, Hernán Cortés. No existe una sola estatua del extremeño, la figura más luminosa y extraordinaria de las gestas de la conquista y a quien se debe, duélale como les duele a los mexicanos, la existencia del México hispano. Casi que como sátira de este quid pro quo, la primera institución cultural mexicana, el afamado Fondo de Cultura Económica, la aventura editorial más exitosa de la América española fundada en 1943 por Daniel Cosío Villegas, cayó en manos de un asturiano , gracias a un decreto casi que de guerra de AMLO, pues la constitución mexicana prohibe que un no nacido en México ejerza un cargo estatal de tanta importancia. Un desafío semejante al nombramiento de Mauricio Rojas, un ex mirista, al frente del Ministerio de cultura chileno. Que no encontró a un presidente decidido a defender sus prerogativas, coo lo hiciera su colega mexicano, a cuya transmisión de mando se excusó de asistir enviando a cambio a su canciller, el ex comunista Roberto Ampuero. Un país que viene, otro que se va. El fantasma de Salvador Allende no dejó de sombrear en el zócalo mexicano. 

Pronto se verán las consecuencias del ejercicio de gobierno del primer marxista que asume la presidencia de México. Dos expresiones casi metafóricas del futuro que les espera a los mexicanos se vivieron este viernes primero de diciembre con particular intensidad: el reclamo del empresariado mexicano, que luego de escuchar atentamente el primer discurso del nuevo mandatario auguró los mayores desastres para la poderosa y acromegálica economía mexicana. Y el abucheo interminable y sin precedentes ante la sola mención del nombre del dictador venezolano Nicolás Maduro, dándole cauce quizás al temor de los congresantes e invitados internacionales a una polarización de la vida política mexicana que derive hacia un autoritarismo populista, radicalizado y devastador, como el que  se desatase en Venezuela ante la asunción del mando de otro vengador del mismo talante que AMLO, el teniente coronel Hugo Chávez, cuya expresión depreciada y bárbara estuvo representada por el abucheado invitado venezolano. ¿Hubo dólares de PDVSA en la campaña mexicana? Nunca se supo. Ni se sabrá.

Son tiempos cruciales y antinómicos para América Latina: AMLO, el indigenista filo castrista, al mando de la primera potencia de la América española y Jair Bolsonaro, el derechista orgulloso y sin caretas en la primera potencia regional. Son las dos fuerzas antagónicas que tensarán el rumbo político de la región, bajo la mirada expectante del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. El futuro de Venezuela pende en el centro de la confrontación. Dios nos ampare.

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