Dictadura
Escrito por Armando Cerrato   
Viernes, 26 de Junio de 2009 06:40

La dictadura se define como “el gobierno que, bajo condiciones excepcionales, prescinde de una parte, mayor o menor, del ordenamiento jurídico para ejercer la autoridad en un país”.


Bajo este precepto de las ciencias políticas, todas las dictaduras –de izquierda, centro, o, derecha, y cualesquiera otras combinaciones y agregadas denominaciones–, son iguales: se ejercen por la vía de la fuerza, al antojo del autócrata que cree que su pensamiento político, es el único ordenamiento a seguir, porque él, es el Estado.

Los dictadores se presentan siempre como “abanderados de las causas populares”, “reivindicadores de las masas desprotegidas, marginadas y marginales”, “reorganizadores y recompositores de la sociedad en decadencia”, “dadores de soluciones aparentemente inalcanzables por otra forma de gobierno”, en una palabra: “los únicos capaces de salvar al pueblo”.

Para los dictadores no existe más ley que la que ellos dictan, siempre acorde a sus intereses políticos personales, de sus más cercanos colaboradores y los dirigentes de sectores afines que les ayudan a llegar al poder, y que, al fin de cuentas, son los únicos favorecidos con el pretendido cambio, mientras las masas, el pueblo en sí, se ven sumidos en peores condiciones que cuando estaban bajo el antiguo régimen de normativa jurídica expresa.

Desde que el hombre descubrió y aplicó el espíritu gregario que le llevó a organizarse, primero en grupos espontáneos de personas (comunidad primitiva), luego en clanes familiares, en tribus y naciones ya con distribución territorial definida en caseríos, aldeas, pueblos y ciudades, hubo líderes que por su propia condición adquirieron poder, se enamoraron de él, y bajo diferentes circunstancias, siempre en nombre de mayorías, supuestamente desprotegidas, se convirtieron en dictadores.

Es en la antigua Roma donde encontramos los ejemplos más espectaculares de dictaduras en el mundo occidental: Cayo Julio César, Nerón, Calígula, Vespasiano, Adriano, Justiniano y otros, con tal degeneración del gusto por el poder, que sus propias enajenaciones les llevaron a creerse una divinidad y se autoproclamaron Dios, con la anuencia y ratificación propia de sus aduladores y deformadores de la mentalidad política, en aras de un acelerado enriquecimiento.

A lo largo de la historia los dictadores siempre han sido rechazados, primero por los sectores de las clases vapuleadas, supuestamente para favorecer los intereses del pueblo, que sólo recibe migajas, mientras el gran beneficio se lo lleva el dictador y sus adláteres, por lo que el descontento crece y el pueblo se suma a la protesta, al rechazo, y, al final, se derroca la dictadura, siempre en revueltas tan violentas que resultan sangrientas, cruentas y salvo algunas excepciones, con la muerte de los dictadores y en los casos más extremos también de sus familias.
Y, es que todos los dictadores han vestido el cómodo abrigo de la “revolución” que, no es más que el cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación, llevados a cabo por individuos y grupos impulsados a la acción y efecto de revolver o revolverse, generando inquietud, alboroto y sedición.

Es decir, en nombre del cambio, de la libertad, del pueblo y sus necesidades, se cometen muchos crímenes y al final el pueblo pierde su libertad y aumenta sus necesidades, porque los dictadores, aspiran a ser emperadores y utilizan los recursos económicos que debieran ser utilizados en la búsqueda del bien común de la nación, en fomentar el desarrollo de sus ideas dictatoriales en naciones vecinas e incluso lejanas, mostrándose extremadamente bondadosos, para que sus favorecidos –gobernantes enamorados del poder y potenciales dictadores–, den al pueblo pan y circo.

¿Cree usted, amigo lector, que es pura coincidencia, la historia de las ideas políticas, con la realidad actual y concreta de Honduras? Yo, no

 

 

Fuente: La Tribuna (Honduras)


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