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Caracas, Viernes, 30 de Julio de 2010
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Escrito por Editorial   
Sábado, 04 de Julio de 2009 07:50

altEl Alcalde Metropolitano de Caracas, Antonio Ledezma, se ha visto en la obligación moral del más extremo y dramático de los reclamos: una huelga de hambre.  Una medida que en su tiempo fuera puesta en práctica por un hombre noble y bueno, un pensador y político de la mayor grandeza y de las más aceradas convicciones: Mahatma Gandhi

"Qué importa nuestra cobardía si hay en la tierra un solo hombre valiente"

Jorge Luis Borges

El Alcalde Metropolitano de Caracas, Antonio Ledezma, se ha visto en la obligación moral del más extremo y dramático de los reclamos: una huelga de hambre.  Una medida que en su tiempo fuera puesta en práctica por un hombre noble y bueno, un pensador y político de la mayor grandeza y de las más aceradas convicciones: Mahatma Gandhi. Un recurso que debe sacudir las apáticas conciencias de quienes, teniendo una tradición infinitamente mayor y más trascedente que la hondureña, que hoy nos da un ejemplo de dignidad y grandeza, han permitido se juegue con sus destinos y se les imponga un régimen avieso bajo el reinado de la maldad y la perversión.

Pues el problema que vive Honduras – reflejo y consecuencia de nuestro propio problema - y que su dignidad y su decisión han puesto de manifiesto es la profunda crisis moral que vive Occidente. La decadencia de las instituciones políticas latinoamericanas, la disposición a la complicidad y a la bajeza de nuestros pueblos, que no sólo toleran sino amparan los atropellos contra nuestros más sagrados principios. En nombre de sus necesidades materiales y su disposición a arriar sus principios a cambio de las dádivas del autócrata venezolano.

Vivimos el más amargo, el más angustioso de nuestros momentos. Nos hemos convertido en seres odiados y menospreciados por nuestros vecinos. Basta escuchar el odio con que los hondureños exigen la salida de Chávez y reclaman que nuestro gobierno saque las manos de su digno territorio para comprender la hondura del pantano moral en que hemos caído.

No saben los hondureños que somos quienes más sufren del atropello, la prepotencia y la maldad del autócrata. Y no lo saben por expresa decisión de Insulza, servil a los dictados de Hugo Chávez. No lo saben por decisión del Departamento de Estado, que se pliega a la voluntad de la región en un gesto de oportunismo y debilidad lamentables. Pero no lo saben sobre todo porque nosotros mismos nos hemos ido habituando a bajar la cerviz y tolerar lo intolerable. Dejándonos chantajear por la sensiblería borbónica, gazmoña y pusilánime, que ha introducido una cuña de obsecuencia en las filas opositoras y corre escandalizada a poner el grito en el cielo porque en Honduras ha habido “un golpe de estado”.

Es contra ese ambiente de obsecuencia y tolerancia que se alza el gesto trágico de Antonio Ledezma. Asume sobre sus frágiles hombros el inmenso peso de una responsabilidad colectiva. Es nuestra obligación solidarizarnos y correr en su auxilio. Su gesto es apenas el comienzo. Moverá montañas.

Es la hora de Churchill.

 

 
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